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Sábado 18 de agosto

Sábado 18 de agosto
XIX semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 19, 13-15
En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús dijo: Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí.

Pistas: “De los que son como ellos es el Reino de los Cielos”. El Evangelio es para los sencillos, para los que no se dan importancia, para los que se dejan acercar a Jesús.
Piensa en tu vida. Tal vez las circunstancias, querer adaptarte a la manera de pensar del mundo o algún pecado te hayan hecho perder la sencillez del niño, que es la que Jesús busca en sus discípulos. Puede que tu corazón se haya endurecido y que no seas capaz de presentarte con sencillez ante Jesús… Este Evangelio te invita a que sepas que Jesús te va a acoger estés como estés, te sientas como te sientas, hayas hecho lo que hayas hecho.
Por otra parte, están los discípulos, que en vez de ayudar a que otros se acerquen a Jesús, ponen obstáculos. ¿Alguna vez eres tú como ellos? ¿Pones dificultades para que otros se acerquen a Dios porque los ves pequeños, indignos, son ruidosos, o demasiado simples? Si hay algo de esto en ti, en tu parroquia o comunidad la Palabra de Dios te dice hoy que no se lo impidas. Te invita a crear una Iglesia en la que ayudes a que las personas puedan acercarse a Jesús. Te anima a que no te guardes sólo para ti lo que vas descubriendo en tu camino de fe, a que lo compartas y celebres con otros.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Viernes 17 de agosto

Viernes, 17 de agosto
XIX semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 19, 3-12
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? Él les respondió: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»? De modo que ya no son dos sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
Ellos insistieron: ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? Él le contestó: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero al principio no era así. Ahora os digo yo que si uno se divorcia de su mujer ─no hablo de prostitución─ y se casa con otra comete adulterio.
Los discípulos le replicaron: Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Pero él les dijo: No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda con esto, que lo haga.

Pistas: Jesús se encuentra con los fariseos, que quieren ponerle a prueba. Y la pregunta hace referencia al texto del Deuteronomio 24,1: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa”. En tiempos de Jesús hay diferentes interpretaciones y escuelas que proponen: admitir el divorcio por cualquier motivo; requerir un mínimo de mala conducta, o un verdadero adulterio.
Jesús responde yendo al principio, y se refiere al libro del Génesis 1,17: 2,24. El hombre y la mujer fueron creados para unirse y ser una sola carne. Jesús –como en todos sus planteamientos- propone el ideal. Una relación, un amor que una de tal modo, que cree tales lazos que se pueda hablar de una sola carne. Un amor que no se acaba, que supera las dificultades. Pero, es más, cuando un hombre y una mujer se unen es Dios mismo el que los une (“lo que Dios ha unido”). Jesús hace referencia a la dureza de corazón para explicar la Ley de Moisés y nuevamente propone el ideal.
La incapacidad de los discípulos para comprender lo que Jesús explica lleva a la última cuestión del Evangelio de hoy: vivir célibe, renunciar a estar con un mujer. Aquí da una motivación “por el Reino de los Cielos” y lo aconseja si es que es un don.
Te propongo que para rezar con este Evangelio te des cuenta que Jesús propone el ideal, recalca que es un don, que Dios está presente en tu vida y en tus relaciones. Y que su propuesta siempre tiene como fin la felicidad y plenitud de la persona. Por eso: ¿Buscas encontrar y vivir ese ideal en tu vida? Pide a Jesús su luz y su fuerza para lograrlo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

XX Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

Jueves 16 de agosto

Jueves 16 de agosto
San Esteban de Hungría

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y les propuso esta parábola: Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El Señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Pistas: ¿Dónde está el límite? ¿hasta dónde amar? ¿hasta dónde perdonar? Jesús no hace una propuesta mediocre. Recuerda, por ejemplo, cuando muere en la cruz perdonando a los que le han condenado y le están crucificando. El perdón al que ha ofendido forma parte de la vida del discípulo de Jesús.
Y todavía va más allá. En la parábola explica que la razón para perdonar es que Dios mismo te ha perdonado a ti una deuda que no podrías pagar de ninguna manera. Te ha perdonado por pura bondad y misericordia librándote de ser esclavo tú y los tuyos (porque eso es lo que hace el pecado: privar de la libertad). ¿Cuántas veces has sido infiel a Dios? ¿Cuántas veces has fallado en tu fe? ¿Cuántas veces te has saltado los mandamientos? ¿Cuántas veces has hecho daño a otras personas? Y en Cristo, por pura gracia, Dios te ha perdonado y te da la oportunidad de ser libre y de empezar de nuevo. Si te dejas amar y perdonar por Dios, tu corazón cambiará y se parecerá al de Jesús. En caso contrario, volverás a ser esclavo e infeliz otra vez.
La conclusión de la parábola habla de perdonar de corazón. Perdonar desde lo profundo de la persona. No se refiere a los sentimientos o impulsos, sino a perdonar con todo el ser, con la voluntad, con el entendimiento, con las acciones… Esto es perdonar de corazón. Y realmente la única manera de hacerlo es dejar que Dios, por su gracia, por su amor, nos dé un corazón nuevo.
¿Cuántas veces hay que perdonar? ¿dónde está el límite del amor y del perdón? Si dejas que el amor de Dios entre en tu vida, si te encuentras con Jesús, descubrirás un amor sin límites, un perdón misericordioso, que te hará libre.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Miércoles 15 de agosto

Miércoles 15 de agosto
Asunción de la Bienaventurada Virgen María, solemnidad

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Lucas 1, 39-56
En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Pistas: Este pasaje sucede después del “sí” de María al ángel. Y, embarazada de Jesús, lo primero que hace es ponerse en camino para ver a Isabel. La presencia de Jesús lleva a preocuparse por los demás, a servir a los demás, a salir de uno mismo. Lleva a la alegría, a la bendición, a las promesas cumplidas. Fíjate lo que dicen Isabel y María, cómo destila gratitud, alegría, esperanza…
La oración de María es una alabanza a Dios. Podemos aprender mucho sobre cómo rezar en esta oración. Se hace desde el alma, desde lo profundo del ser: “proclama mi alma”. Como las cosas importantes de la vida, implica a toda la persona.
María alaba Dios y lo que Él hace. Alabar es reconocer quién es Dios y agradecerlo, es reconocer la obra de Dios en tu vida y proclamarla. La oración de alabanza es por su naturaleza la forma más desinteresada de oración: es sólo mirada a Dios y a su obra. Descubrimos su grandeza, le cantamos por su misma realidad y ser divino. La experiencia de la Iglesia es que la oración de alabanza abre la puerta a otros modos de orar.
La oración de adoración: añade la consideración del hombre en cuanto criatura e implica el reconocimiento de la propia pequeñez y de la grandeza de Dios.
La oración de acción de gracias: por la salvación, los bienes… (como hace María agradeciendo que Dios cumple sus promesas y su manera de actuar en la historia).
Y aunque en el texto de hoy no aparece, en tu oración personal muchas veces terminarás con oración de petición e intercesión: la petición mira al futuro y presenta toda situación ante el poder de Dios para que se realice su obra y venga su Reino.
Si comienzas al revés, es decir, pidiendo; probablemente tu oración sea desesperada, desconfiada, algo egoísta e interesada. Pero si primero piensas en Dios, reconoces su amor y le amas, te das cuenta de cómo es Dios, le alabas, le adoras. Y luego sí, ya en su presencia, presentas todo, con confianza como un hijo a su Padre, como un hermano que se dirige a su Hermano y Amigo, con la presencia del Amor de Dios, del Espíritu Santo en tu corazón… Por eso siempre te invito a que primero te pongas en presencia de Dios, es decir, a que pidas el Espíritu Santo y le alabes, y después leas la Palabra y ores con ella. Hazlo una vez más hoy y alaba, adora, da gracias, pide…

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Martes 14 de agosto

Martes 14 de agosto
San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
En aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos? El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos.
El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.

Pistas: Si no hubieras leído el Evangelio de hoy y te preguntase : «¿quién es el más importante en el Reino de los cielos?”, ¿qué contestarías?
La misma pregunta le hicieron a Jesús sus discípulos, preocupados del lugar que ocupaban ellos o de cómo lograr ser más importantes. Para responder, Jesús cogió a un niño y lo puso en medio. Hay que volver a ser como él no sólo para ser grande sino para poder entrar en el Reino. Humilde, pequeño, necesitado de Dios como un niño de sus padres. ¿Qué actitudes tienes que cambiar en tu vida para hacerte como Jesús pide hoy?
“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños”. Cuidado en la Iglesia de despreciar a los sencillos, a los humildes y andar buscando honores y reconocimientos. Estos pequeños se asocian a los poderosos ángeles que ven el rostro de Dios. Y, finalmente, se refuerza la idea con la parábola de la oveja perdida.
En el fondo, todo esto nos habla de la imagen de Iglesia que tenemos: ¿la de los puestos y los honores, o la de la sencillez, la humildad y la acogida? ¿la que está estancada, la de “los buenos”, o la que va a buscar a quien está perdido y se alegra cuando vuelve?
Elige alguno de estos temas de los que te habla el Evangelio de hoy y reza dejando que el Espíritu Santo te haga como niño ante Dios.
Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Lunes 13 de agosto

Lunes 13 de agosto
Santos Ponciano, papa, Hipólito, presbítero, mártires

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 17, 21-26
En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos la Galilea, les dijo Jesús: Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día. Ellos se pusieron muy tristes.
Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí.
Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños? Contestó: A los extraños. Jesús le dijo: Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.

Pistas: El Evangelio de hoy nos cuenta dos acontecimientos. Primero, el segundo anuncio de Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección. Ellos no entienden nada y se entristecen. No nos cuenta más Mateo en esta ocasión. La noticia de la resurrección, que será causa de una gran alegría, va precedida de tristeza. Jesús les avisa de lo que va a venir, quiere que se vayan preparando.
Luego encontramos este relato sobre el impuesto de las dracmas. Se trata de un impuesto para el Templo (lo cobraban los judíos). Jesús cumple la Ley, pero afirmando su independencia sobre ella. Y Pedro responde afirmativamente a la pregunta.
Es muy curioso lo que sucede a continuación. Jesús se adelanta a cualquier pregunta de Pedro. Los reyes no cobran impuestos a su familia, lo hacen a sus súbditos. Los romanos no cobraban impuestos a los ciudadanos romanos sino a los aliados, las provincias y los territorios conquistados. Jesús da a entender que Él y los suyos están exentos de este impuesto. Pero Él decide entregarlo.
Quizás puedas rezar con la idea de que los hijos no obedecen por ley, sino que lo hacen libremente. Como Jesús no obedece al Padre por ley, sino que se entrega por amor y con libertad. Nosotros, como discípulos suyos, también estamos llamados a esa misma libertad.
Fiarse de Jesús nos llevará a cosas sorprendentes. Por ejemplo, a mirar más allá de nuestros derechos, al bien de los demás. Y si seguimos a Jesús descubriremos que Él nunca falla.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Domingo 12 de agosto

Domingo 12 de agosto
XIX domingo del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 6, 41-51
En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Pistas: Jesús dice a los judíos que si escucharan al Padre y a los profetas, creerían en Él y darían crédito a sus palabras. Pero no son capaces de mirar más allá de lo humano. Ni siquiera de profundizar en su propia fe. Jesús intenta hacerles ver que las escrituras hablaban de Él, pero ellos no ven más que el hijo de José y María. Y, a pesar de todo lo que Jesús hace, no son capaces de ir más allá.
La promesa de Jesús es asombrosa: el que cree tiene vida eterna, porque Él ha visto al Padre y no habla de oídas. Por eso puede asegurarlo.
Toda esta imagen del ‘Pan’ hoy tiene una doble dimensión. Es el pan que baja del cielo, indicando el origen de Jesús y haciéndoles pensar en todo lo que significó el maná (el alimento para cruzar el desierto hasta la tierra prometida). Por eso es el que revela al Padre, lo ha visto. Y ese Pan es la entrega de Jesús. Y su “carne para la vida del mundo”. En cada Eucaristía entras en comunión con Jesús al participar en el Pan de la vida. Toda la vida, la salvación, la entrega de Jesús, toda la fuerza de su resurrección, Él mismo real y vivo se hace presente en el Pan para ser tu alimento.
Quizás hoy sea un día para atrevernos a ir más allá (no como los judíos del Evangelio) y sumergirnos en el misterio del Dios que quiere hacerse tan cercano a nosotros que envía a su Hijo que se hace hombre, que se hace pan, alimento. Y si crees en Él tendrás vida y vida eterna. Si crees en Jesús, podrás ser discípulo de Dios. Asómate al misterio de Cristo para que puedas ver lo que hay más allá de la simple apariencia.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Sábado 11 de agosto

Sábado 11 de agosto
Santa Clara, virgen

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Mateo 17, 14-19
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: Señor, ten compasión de mi hijo que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.
Jesús contestó: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo. Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Les contestó: Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.

Pistas: Hoy el Evangelio nos dice que es cuestión de fe. Pero y ¿qué es la fe? Es la respuesta a Dios que se nos revela, que se nos da a conocer. Y así como es complejo que Dios quiera que le conozcamos y cómo se hace ello posible, también la fe lo es. La fe implica el conocimiento, la confianza, la entrega personal, la relación, la comunión de vida con Cristo y la tensión hacia la plena unión con Él después de la muerte.
Pero, además, como nos dice el Evangelio de hoy: es el principio. La fe abre la puerta a los demás dones y nos permite entrar en relación con Dios como lo hacía Jesús. Por eso, en otra ocasión Jesús dice que haremos obras como las suyas e incluso mayores.
Para desentrañar un poco mejor a qué nos referimos cuando hablamos de tener fe vamos a fijarnos en sus dimensiones. La fe es respuesta a la revelación de Dios. A Dios que quiere que le conozcamos. Así que lo primero que necesito examinar para ver si tengo fe es: ¿creo que Jesús revela a Dios? ¿creo que Jesús muestra la verdad sobre Dios y sobre el hombre? Si caigo en el relativismo (es decir, todo es subjetivo) ¿podré tener fe? Jesús dice de sí mismo que Él es el camino, la verdad y la vida. Si quiero encontrar todo esto necesito relacionarme con Jesús, y eso es tener fe.
Entonces la fe ¿son ideas o es una relación? ¿teología y catecismo o experiencia de Dios? La fe tiene las dos dimensiones: es una relación de confianza entre Dios y el hombre (creer en Dios), y puede articularse en sus diversos contenidos (creer lo que Dios revela). Y si quiero que mi fe madure necesito profundizar en las dos cosas. Debo darme cuenta que la fe implica un conocimiento nuevo (de Dios, de mí mismo, de mi idea del mundo, mis valores…) y a la vez está relacionada con el amor (es una relación en la que sé que Dios me ama y por eso puedo creer en Él, y quiero amarle y por eso quiero creer en Él).
La fe ¿es cosa nuestra o es un don de Dios? Jesús dice que hay que pedirla. Es un don, es un regalo. Yo puedo conocer a Dios porque Él quiere que le conozca, puedo sentir su amor porque Él quiere que lo experimente. Dios da el don de la fe. Es Don.
Un documento del Vaticano II, la Dei Verbum, dice: Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”. Así que es un acto libre y responsable. Implica el entendimiento: la razón, el pensamiento. Dios existe y se ha revelado. Pero también implica la voluntad: el querer, las decisiones, los sentimientos, las emociones. Por eso es además tarea.
Después de todo esto, lo más importante es que te preguntes ¿cómo está mi fe? ¿quiero tener fe? Y que la pidas, porque es don.Y que te esfuerces por cuidarla, por hacerla crecer, porque también es tarea.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Juan 6,41-51.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo».
Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo’?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.
Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».