Viernes, 11 de diciembre
Semana II de adviento
(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Llévalo a tu vida)
Isaías 48, 17-19
Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel:
«Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues. Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar; tu progenie sería como arena, como sus granos, los vástagos de tus entrañas; tu nombre no sería aniquilado ni destruido ante mí.»
Pistas: Dios quiere el bien del hombre. Si le escuchásemos, las cosas serían distintas.
Jesús, mirando a Jerusalén, con lágrimas en los ojos dirá: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos”. Y predice la destrucción de Jerusalén, porque apartarse de Dios destruye al hombre. Curiosamente le deshumaniza. El verdadero encuentro con Dios, por el contrario, enseña el bien, hace al hombre y a la mujer más humanos. Y, si miramos a Jesús, todavía podemos comprender mejor esta lectura.
¿Cuál es el camino que conduce a la paz, que da prosperidad, que hace fecundo? ¿Cuál es el camino que hace perdurar? Seguir los mandatos del Señor. Ésa es la sabiduría: entender la realidad con la mirada de Dios.
Pero Jesús da un paso más. La verdadera sabiduría es Él. No son unos mandatos externos. Es el encuentro con Jesucristo, que revela a Dios y te da un nuevo corazón. La verdadera sabiduría es llenarse del Espíritu Santo que escribe los mandatos de los que habla el profeta en el corazón. Y entonces se aprende sabiduría, se tiene paz, hay fecundidad y prosperidad.
Relee la lectura, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.