Martes, 15 de diciembre
III semana de adviento
(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)
Profecía de Sofonías 3, 1-2. 9-13
Así dice el Señor: «¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora! No obedeció ni escarmentó, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a su Dios. Entonces daré a los pueblos labios puros, para que invoquen todos el nombre del Señor, para que le sirvan unánimes. Desde más allá de los ríos de Etiopía, mis fieles dispersos me traerán ofrendas. Aquel día no te avergonzarás de las obras con que me ofendiste, porque arrancaré de tu interior tus soberbias bravatas, y no volverás a gloriarte sobre mi monte santo. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.»
Pistas: En el siglo VIII a.C. el profeta escribe estas palabras tan duras a Jerusalén. La ciudad que debería brillar, elegida por Dios, el centro de la vida religiosa judía, el Templo, lugar de la presencia de Dios. Sin embargo, esa ciudad es todo lo contrario de lo que cabría esperar.
La promesa es que Dios lo hará todo nuevo, la salvación se abrirá a todos los pueblos, y en Israel quedará un resto fiel, pobre y humilde, pero que confía en Dios. Fíjate las actitudes de las que habla el profeta.
En el Evangelio que acompaña esta lectura en la misa de hoy, Jesús cuenta la parábola del padre que tiene dos hijos y les manda a trabajar a su viña. Uno dice que sí, pero no va. Otro dice que no, pero al final va. Nos da una clave: Dios no se fija en las apariencias, sino en los hechos. Por eso, aunque hayas estado lejos, aunque te sientas solo, a contracorriente, aunque hayas dicho no… puedes ser del resto de Israel, de los que permanecen fieles. Puedes ser también de los que han estado lejos, pero son invitados a entrar en presencia de Dios.
La mejor enseñanza que podemos aprender de esta lectura es descubrir cuál es la puerta de entrada en la salvación: ser un pueblo pobre y humilde, que confía en el nombre del Señor. No en sus fuerzas, su soberbia, su orgullo, sus intereses.
El adviento te invita a ser ese resto que espera, que tiene esperanza, que sabe que su esperanza se verá colmada y, por tanto, espera con confianza, con alegría, con expectación, en oración. Estás a tiempo de ponerte en actitud de Adviento porque Jesús viene a salvar.
Relee la lectura, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.