Archivo de la categoría: Lectio divina

Lunes 26 de noviembre

Lunes, 26 de noviembre
XXXIV semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 21, 1-4
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el cepillo del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Pistas: Jesús se fija en lo pequeño, en aquello que a nuestros ojos parece inútil e incluso puede que lo despreciemos. ¿Para qué pueden servir los dos reales que echó la viuda en el cepillo del templo? ¿no sería mejor que se los quedara? Con la aportación de los ricos, que era mucho más cuantiosa, se podría conseguir mucho más. Así que, si piensas pragmáticamente, lo de la viuda es más bien simbólico ¿no?
Así pensamos tú y yo. Así piensa nuestra sociedad. Así pensaban también los discípulos de Jesús. Acuérdate de otra ocasión, cuando con cinco panes y dos peces (¿qué era eso para dar de comer a tanta gente?) comió una muchedumbre y sobró mucho más de lo que se había dado. Así piensa y actúa Jesús. Lo pequeño, lo que claramente es insuficiente, si está en manos de Dios produce un fruto inimaginable.
Lo común entre la viuda y el muchacho que dio los panes y los peces es que pusieron lo que tenían. Todo lo que tenían, Y eso, que aparentemente era insuficiente, dio un gran fruto.
Y tú, seas rico o pobre, te sientas fuerte o débil, con unas u otras cualidades ¿qué echas en el cepillo del templo? Es decir ¿qué le das a Dios? ¿qué haces para ayudar a los necesitados? (para eso servía una parte de lo que se daba) ¿en qué gastas tus recursos, tus fuerzas, tus dones, lo que eres y lo que tienes?
Hay dos maneras de vivir: por nuestras propias fuerzas, confiando sólo en lo que podamos conseguir desde una perspectiva únicamente humana y material. O poniendo lo que somos y tenemos en manos de Dios.
Piensa en qué áreas de tu vida arroja luz la palabra de Dios ¿En tu manera de vivir la fe? ¿en tus relaciones con los demás? ¿en tu trabajo profesional? ¿con tu familia? ¿en tu labor pastoral?
¿Vas por delante, buscas grandes proyectos y recursos? ¿o le entregas todo a Jesús y le sigues por el camino que Él te lleve?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Domingo 25 de noviembre

Domingo 25 de noviembre
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 18, 33b-37
En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: «Con que, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Pistas: Jesús es Rey. Pero ¿en qué sentido es Rey?
En Jesús se cumplen las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento. Un descendiente del rey David será el mediador de la salvación de Dios.
En el Evangelio de Juan, Jesús se declara rey. Pero no como gobernante de un reino territorial, ni con un poderoso ejército. El camino que Jesús elige es el del amor y la entrega. De ahí la importancia que el cuarto evangelio otorga al rótulo de la cruz (Jn 19,19-22): Jesús el Nazareno, el rey de los judíos (INRI). La escena de la inscripción es el último acto de la pasión como revelación de la realeza de Jesús.
Las conversaciones con Pilato han servido para preparar la interpretación de la cruz y de la muerte. Porque es ahí donde Jesús es entronizado rey. La victoria de Jesús se da en la paradoja: Morir para vivir. Sufrir para salvar. La cruz libera. En la oscuridad se abre paso la luz. En el dolor nace la esperanza.
Jesús es el rey que revela y testimonia la verdad de Dios. A eso ha venido, a ser testigo de la verdad. En la muerte y resurrección de Jesús los hombres son librados de la muerte y del poder del pecado y del mal, para poder entrar en la vida de Dios. Y así inaugura Jesús su reino. En la exaltación de Jesús en la cruz se da a conocer su verdadera realidad: Jesús vuelve al Padre, vuelve a aquel que le ha enviado. Esto es lo que hace patente la elevación del Hijo del hombre.
Y para ti que estás leyendo este Evangelio ¿qué implica? ¿qué te dice Jesús hoy? ¿decides dejar que sea el rey de tu vida? ¿estás dispuesto a seguirle y entrar en su reino?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Sábado 24 de noviembre

Sábado 24 de noviembre
Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros mártires

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 20, 27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano».
Pues bien, había siete hermanos el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó: En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos. Intervinieron unos letrados: Bien dicho, Maestro.
Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Pistas: “No es Dios de muertos sino de vivos”. Éste es el convencimiento de Jesús y la prueba será su triunfo sobre la muerte.
La dificultad viene al querer imaginar la resurrección y la vida eterna. Si imaginamos la resurrección como una mera reanimación de un cadáver, entonces supondría volver a recobrar la vida humana con sus limitaciones. Pero si la comprendemos desde la resurrección de Cristo, la muerte es destruida por la plenitud de la vida divina. En la resurrección se adquiere la vida divina, la vida del Espíritu, la vida Eterna.
No somos capaces de imaginarlo porque la resurrección es un hecho que pertenece a la otra orilla (en teología decimos que trascendente –por encima de las realidades de este mundo- y escatológico –situado al final de la historia, fuera de los parámetros de este mundo-) y por eso es un hecho misterioso. Tanto las apariciones del resucitado como las palabras para designar la resurrección son numerosas, porque ninguna de ellas es capaz de expresar todo el contenido.
Algunas de esas palabras que aparecen en el Nuevo Testamento son: resurrección, exaltación, glorificación, triunfo, ascensión, ser constituido Señor.
Y para nosotros ¿qué significa la resurrección de Jesús? Él ha hecho nuevas las cosas. Es el acto definitivo del poder de Dios por medio del cual salva al hombre haciéndolo partícipe de su vida. Jesús resucitado es el “hombre nuevo” (en sentido propio). Es el primero que en su humanidad ha sido liberado del poder de la muerte y esta humanidad glorificada, resucitada, es el camino hacia Dios.
La resurrección de Jesús es el cumplimiento de toda esperanza humana. Todo hombre quiere, desea, anhela, busca, encontrar una vida plena, feliz, gozosa y para siempre. Pero si la imaginas como mero revivir un cadáver sólo es un cuento de niños. Jesús quiere hacerles entender la novedad que Él trae, pero sus propios discípulos no son capaces de comprenderlo porque lo quieren acoger desde un parámetro puramente humano. Sólo podrán asomarse a este misterio cuando se encuentren con Él resucitado.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Viernes 23 de noviembre

Viernes 23 de noviembre
San Clemente I, papa y mártir
San Columbano, abad

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos». Todos los días enseñaba en el templo.
Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

Pistas: El templo es el lugar de la presencia de Dios. El enfrentamiento de Jesús con las autoridades religiosas y con muchas prácticas de su religión va en aumento. San Lucas sitúa cerca del desenlace de la vida de Jesús este acontecimiento que iba directamente contra los negocios e intereses de muchos de sus enemigos. La autoridad de Jesús parece grande, porque aunque quieren acabar con Él todavía no se atreven, ni encuentran el modo de hacerlo porque el pueblo está pendiente de su enseñanza. Aunque esto no va a durar porque en pocos días gritarán: crucifícale.
El templo también es la iglesia. No el edificio físico, sino la Iglesia comunidad, la Iglesia Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. Piensa en la Iglesia que estás construyendo tú. En tu responsabilidad. De poco sirve que señales las de otros. Mira la tuya. ¿Serías de los que Jesús echa del templo? O estás construyendo y transmitiendo una Iglesia viva, en la que las personas puedan encontrarse con Dios y con su amor, en un lugar de oración. Que precisamente es eso: encuentro, experiencia, diálogo con Dios, y una experiencia personal y comunitaria.
El templo es también tu corazón, tu vida. Y puedes hacerte la misma pregunta: ¿es casa de oración o la tengo llena de ruidos, de intereses, de ladrones que me roban la felicidad? Como venimos aprendiendo en el mensaje de Jesús, el Reino empieza dentro de ti, ese es el lugar en que Dios quiere habitar. Y en lo pequeño, en tu propia vida, en lo cotidiano, es donde empieza todo. Déjale sacar lo que estorba, lo que no tiene que estar ahí. Para que tu corazón sea un lugar de encuentro con Dios, en el que puedas experimentar su gran amor.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Jueves 22 de noviembre

Jueves 22 de noviembre
Santa Cecilia, virgen y mártir

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 19, 41-44
En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos.
Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.

Pistas: Es tremendo imaginarse esto. Jesús va a morir en Jerusalén, mira su ciudad y llora porque comprende que le rechazan. Él sabe que su propio pueblo cierra los ojos a la salvación. No escuchan su Palabra, ni creen en su testimonio. Esto tendrá terribles consecuencias y Jesús llora por Jerusalén.
Tú y yo somos Jerusalén cuando miramos a Jesús con indiferencia, cuando nos encerramos en nuestro pecado, cuando no nos damos cuenta de que somos elegidos por Dios y preferimos aferrarnos a los ritos y las tradiciones antes que a la fe en Cristo. Cuando no queremos ver sus signos y el signo definitivo: su muerte y resurrección. Al morir Cristo el velo del Templo se rasgará. Es otro signo. Y los judíos sabían lo que significaba eso, pero Jerusalén no quiere ver.
No quisieron comprender «lo que conduce a la paz». No quisieron comprender a Cristo. Cuando el templo sea destruido ya no habrá sacrificios de animales que sirvan para lavar los pecados, ni el Sumo Sacerdote entrará en la fiesta de la expiación -el único día al año en que puede- en el Sancta Sactorum (el lugar más santo, dónde está la presencia de Dios). No quisieron ver que el velo que cerraba ese lugar se rasgó al morir Cristo. Porque cierran los ojos a quién es Cristo y no reconocen el momento de su venida.
Sólo en Jesús hay salvación. Sólo en comprender y reconocer quién es Él. Ya no hay ritos ni tradiciones que salven, sólo si conducen a Cristo. Lo demás no lleva a la paz. Lo demás trae destrucción.
¿Eres Jerusalén, la que no quiere ver? ¿O eres parte del nuevo pueblo de Dios, el que reconoce que Jesús murió por todos y cada uno de nosotros, el que le sigue a pesar de las dificultades del camino? Mira, reconoce y comprende quién es Cristo, porque es lo único que trae salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Jueves

Jueves 22 de noviembre
Santa Cecilia, virgen y mártir

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 19, 41-44
En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos.
Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.

Pistas: Es tremendo imaginarse esto. Jesús va a morir en Jerusalén, mira su ciudad y llora porque comprende que le rechazan. Él sabe que su propio pueblo cierra los ojos a la salvación. No escuchan su Palabra, ni creen en su testimonio. Esto tendrá terribles consecuencias y Jesús llora por Jerusalén.
Tú y yo somos Jerusalén cuando miramos a Jesús con indiferencia, cuando nos encerramos en nuestro pecado, cuando no nos damos cuenta de que somos elegidos por Dios y preferimos aferrarnos a los ritos y las tradiciones antes que a la fe en Cristo. Cuando no queremos ver sus signos y el signo definitivo: su muerte y resurrección. Al morir Cristo el velo del Templo se rasgará. Es otro signo. Y los judíos sabían lo que significaba eso, pero Jerusalén no quiere ver.
No quisieron comprender «lo que conduce a la paz». No quisieron comprender a Cristo. Cuando el templo sea destruido ya no habrá sacrificios de animales que sirvan para lavar los pecados, ni el Sumo Sacerdote entrará en la fiesta de la expiación -el único día al año en que puede- en el Sancta Sactorum (el lugar más santo, dónde está la presencia de Dios). No quisieron ver que el velo que cerraba ese lugar se rasgó al morir Cristo. Porque cierran los ojos a quién es Cristo y no reconocen el momento de su venida.
Sólo en Jesús hay salvación. Sólo en comprender y reconocer quién es Él. Ya no hay ritos ni tradiciones que salven, sólo si conducen a Cristo. Lo demás no lleva a la paz. Lo demás trae destrucción.
¿Eres Jerusalén, la que no quiere ver? ¿O eres parte del nuevo pueblo de Dios, el que reconoce que Jesús murió por todos y cada uno de nosotros, el que le sigue a pesar de las dificultades del camino? Mira, reconoce y comprende quién es Cristo, porque es lo único que trae salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Miércoles 21 de noviembre

Miércoles 21 de noviembre
Presentación de la Bienaventurada Virgen María

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 19, 11-28
En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.
Dijo, pues: Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: Negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras de él una embajada para informar: «No queremos que él sea nuestro rey».
Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo: Señor, tu onza ha producido diez. Él le contestó: Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.
El segundo llegó y dijo: Tu onza, señor, ha producido cinco. A ése le dijo también: Pues toma tú el mando de cinco ciudades.
El otro llegó y dijo: Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras. Él le contestó: Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.
Entonces dijo a los presentes: quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez. Le replicaron: Señor, si ya tiene diez onzas.
Os digo: Al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.
Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia. Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Pistas: San Lucas nos pone juntas dos parábolas que en otros evangelios aparecen separadas: el señor que se marcha y reparte sus bienes, y el que vuelve siendo rey y acaba con los enemigos del reino. Y lo sitúa en la perspectiva del final de los tiempos. El Reino de Dios en plenitud. Como decimos en el credo, cuando venga a juzgar a vivos y muertos.
Mientras llega el final es el tiempo de negociar. Hay que moverse, hacer que dé fruto. La onza son los dones de que el Señor nos da. ¿Qué hacemos con ellos? No se da el caso de que uno de los que negocia pierda, fracase. Porque los dones de Dios van a dar fruto sí o sí.
Pero si los escondes, te acomodas o te acobardas, entonces no pones a trabajar los dones que Dios te ha dado. Dios no pide imposibles. Si caes, levántate, si has pecado, conviértete y sigue adelante. Pon a producir en el banco los tesoros que Dios ha puesto en tu ser. Acude a la Iglesia (ella es el banco), en ella podrás –si no te acomodas- aprender el camino para que tu vida dé fruto.
Pero, recuerda, nada de esto va a poder darse sin que tú pongas de tu parte. Dios nunca nos obliga a nada: ni a tener fe, ni a amar, ni a ser fieles… Sólo nos invita y nos da la fuerza para hacerlo. Pero respeta tu libertad y no hará nada sin ti.
Al que tiene se le dará… No es que Dios sea cruel, es que los dones de Dios sobreabundan y el que tiene tendrá más de lo que puede esperar o desear. Pero el que los rechaza no encontrará en nada la salvación, porque sólo Jesús puede darla.
Jesús vencerá plenamente. Con Él comienza el Reino, que ya está, Jesús ya es Rey. Y nosotros, para participar de su plenitud, tenemos que seguir luchando. Sus enemigos han sido derrotados (pero no lo saben). Jesús va delante ¿decides seguirle?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Martes 20 de noviembre

Martes 20 de noviembre
XXXIII semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 19, 1-10
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. El bajó en seguida, y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Pistas: Hoy diríamos que Zaqueo es un alto funcionario. Era un judío que trabajaba para los romanos, jefe de los que trabajaban para los romanos cobrando impuestos, así que estaba mal visto por sus conciudadanos. Puedes hacerte algunas preguntas para profundizar el texto:
Zaqueo ¿qué tipo de persona es? ¿por qué busca a Jesús? ¿no tiene ya todo lo que necesita? ¿será curiosidad? ¿qué llega a hacer para poder ver a Jesús? (no es que la higuera sea el árbol más adecuado para subirse…). A pesar de todo ¿quién toma la iniciativa? ¿qué significa dejar a Jesús entrar en su casa? Y Jesús ¿por qué quiere ir a casa de Zaqueo?
Los judíos que les ven piensan ¿qué hace Jesús en casa de un pecador?
Pero el cambio de Zaqueo es sorprendente. El encuentro con Jesús le transforma. Piensa que si sabemos el nombre de Zaqueo es porque cuando se escribió el Evangelio de Lucas era alguien conocido, un cristiano conocido.
Ahora lee el Evangelio aplicándolo a tu vida y a tu situación. ¿Qué te dice hoy la Palabra de Dios? Y deja a Jesús entrar en tu casa, Él “ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. Y si quieres, si le dejas, Jesús pondrá ante ti lo que anhela el corazón humano.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Lunes 19 de noviembre

Lunes 19 de noviembre
XXXIII semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Lucas 18, 35-43
En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: Pasa Jesús Nazareno.
Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El dijo: Señor, que vea otra vez. Jesús le contestó: Recobra la vista, tu fe te ha curado.
Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

Pistas: Una forma de rezar con el Evangelio es meterse en la escena, imaginarse lo que puede pensar y sentir cada personaje.
Hoy tenemos un hombre que se ha quedado ciego y su único modo de vida es pedir limosna al borde del camino. Oye el ruido, le dicen que es Jesús y ante la esperanza de que Jesús sea la respuesta, la solución, le llama insistentemente a pesar de las dificultades. Ya ante Jesús le dice: “Que vea otra vez, Señor”. Y Jesús se lo concede por su fe. Luego el ciego, que ya puede ver, sigue a Jesús y glorifica a Dios.
Fíjate en los distintos momentos del relato de hoy, párate en cada uno de ellos y piensa qué puede estarte diciendo a ti hoy Dios en su palabra. Tal vez te encuentres perdido y necesites ver. Tal vez estés llamando a Jesús y parezca que no te escucha, o te está preguntando: ¿Qué quieres que haga? Puede que veas ¿vas a seguir a Jesús? ¿o volverás a la ceguera de antes lejos de Él…? En tu decisión está darte la oportunidad de dejar de ser ciego ante Jesús o no. Él no esconde lo que ofrece ¿esconderás tú ante tu propio corazón la decisión de seguirle? Deja que Dios te hable en su palabra hoy, lee el Evangelio, escucha y ora.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Domingo 18 de noviembre

Domingo 18 de noviembre
XXXIII domingo del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Marcos 13, 24-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.
Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Pistas: Con un lenguaje apocalíptico Jesús habla del fin de la historia. Las cosas que parecen inmutables: el sol, la luna, las estrellas, los astros caerán, se apagarán, se acabarán. Y vendrá el Hijo del hombre (Jesús, Cristo resucitado) y sus ángeles recogerán a los elegidos de cada rincón del mundo. Vendrá Jesús triunfante y será el cielo.
Si te fijas a tu alrededor, nada hay inmutable ni perdurará para siempre. Todo cambia. Dicen los científicos que todo se acabará (el sol, el universo…). Pero si miramos en nuestro interior, nuestro corazón nos pide que no sea así, que nosotros y los que queremos podamos vivir para siempre felices. Tenemos sed de plenitud, de eternidad, de felicidad. Tenemos sed del cielo.
La buena noticia del Evangelio de hoy es que las palabras de Jesús son de fiar: “El cielo y la tierra pasarán”, pero sus palabras, sus promesas no lo harán. ¡Qué grande es esto! Un motivo para alabar a Dios, para tener esperanza firme como decimos en el credo: Jesús vendrá para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin. Habrá vida eterna.
“No pasará esta generación”. Es difícil entender el significado de estas palabras de Jesús pero, si lo piensas bien, ¿no estamos ya en el fin de los días? ¿no ha vencido Jesús a la muerte y al mal? En el mundo limitado en el que los hombres estamos seguimos agarrándonos al pecado, a lo efímero, a lo que no nos da una auténtica felicidad. ¿Por qué? Porque todavía no podemos ver el Reino en plenitud. Lo atisbamos en cada instante feliz de nuestra vida. Cuando con nuestra libertad elegimos bien. Cada vez que amamos y perdonamos, cada vez que construimos un mundo más justo, aparece una chispa del mundo nuevo que Cristo nos regaló. Cada vez que vives la vida del Espíritu puedes asomarte a la felicidad que será la eternidad con Dios, cuando gozaremos de la plenitud de la vida de Dios.
Por último, la parábola de la higuera. ¿Ves cómo están las cosas en el mundo y en tu vida? ¿qué vas a hacer ante los signos que ves? Anímate, porque sólo en Jesús hay certeza y esperanza.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración