Archivo de la categoría: Lectio divina

Martes 26 de noviembre

Martes 26 de noviembre
XXXIV semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 21, 5-11
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Él contestó: Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida.
Luego les dijo: Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pistas: Piensa en la comunidad que lee por primera vez el Evangelio de San Lucas a finales del siglo primero. Es una época de dificultades y persecución. Con todo el fervor y el poder de Jesús resucitado y la fuerza del Espíritu Santo sí, pero a la vez con toda la dificultad, el miedo y la incertidumbre de una Iglesia perseguida. El templo que ha sido destruido en el año 70…
Y ¿cuál es el mensaje de Jesús? “Que nadie os engañe”, “no vayáis tras ellos”, “no tengáis pánico”. Una llamada al discernimiento ante las dificultades, para no caer en soluciones fáciles o caminos engañosos. Sólo Jesús es la respuesta. Sólo Jesús es el “Yo soy” (Dios que está contigo). Sólo Jesús es la roca firme (no como las del templo. que no quedará piedra sobre piedra).
“El final no vendrá enseguida”. Es el tiempo de seguir luchando, de perseverar con Jesús. Aunque la historia se tambalee y haya dificultades, Jesús les avisa de lo que sucederá y les manda seguir con Él.
Ahora piensa en tu vida, en el mundo, en la Iglesia… ¿qué quiere decirte la palabra de Dios hoy? ¿las dificultades que hay en tu vida te acercan o te alejan de Dios? ¿te dejas engañar por quienes prometen felicidades pasajeras o buscas la salvación que está en Jesús?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Lunes 25 de noviembre

Lunes 25 de noviembre
Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 21, 1-4
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el cepillo del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Pistas: ¿Hasta dónde llega tu compromiso? ¿hasta dónde llega tu amor? El de la viuda del Evangelio hasta dar la vida. El de Jesús hasta entregar la vida. ¿Y el tuyo?
Jesús no te llama a una vida mediocre. Eso está lejos del cristianismo. De hecho, cuando la fe se vive a medias, cuando se acomoda y se estanca, termina por entrar en crisis y perderse. Jesús llama a seguirle negándose a uno mismo y cargando con la cruz de cada día.
Puedes preguntarte qué lugar ocupa el amor a Dios y al prójimo en tu vida. Y puedes llevarlo a las cosas concretas de cada día.
Dar lo que nos sobra, o entregar la vida. Ésa es la diferencia entre una vida de cumplimiento y la que propone Jesús. Los ricos daban más, pero la viuda daba todo. No se trata de cuánto, sino de entregarse uno mismo, porque lo que Dios quiere es a ti, tu vida, tu corazón, tu salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo 24 de noviembre

Domingo, 24 de noviembre
Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 23, 35-43
En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Pistas: Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. Y el Evangelio que leemos es el de Cristo muriendo en la Cruz. Porque su Reino no tiene nada que ver con la política y los poderes de este mundo. Los judíos, que esperaban al Mesías Rey, no fueron capaces de reconocerlo en Jesús, porque esperaban un Rey político que estableciese la soberanía de Dios en un reinado terrenal. Sin embargo, el Reino de Dios se manifiesta en la misericordia y el perdón, en la verdad, en la justicia y en el amor. Sus signos de liberación del mal y del pecado, lucha contra el sufrimiento, perdón a los pecadores, vencer a la muerte… son los que nos muestran que Él es Rey. El esperado y prometido. El Reino de Dios es Dios reinando.
Jesús reina de una forma extraña que nunca nos podríamos haber imaginado: entregando su vida en la cruz. Tenía poder para bajarse de ella, para fulminar a sus enemigos si hubiera querido. Pero elige el camino de la obediencia a Dios, de poner la otra mejilla, de amar sin límites. Y ahí, en su entrega, es constituido Rey al ser resucitado. Y su Reino se establece por el poder del Espíritu Santo que actuó en Jesús y sigue actuando en la Iglesia.
El Reino de Cristo se construye cuando nos damos cuenta de que ser cristiano es vivir y anunciar que Cristo es el Salvador. Se hace presente dejando que Él sea el Rey de tu vida y podrás vivir en plenitud, construyendo un mundo como Jesús propone, y llegar a estar con Él en el paraíso.
Un día escuché que alguien preguntaba: ¿Por qué guardará Dios silencio ante tanto mal y sufrimiento en el mundo? ¿por qué no hace nada? Podemos traducir esta pregunta: ¿Por qué todavía el Reino de Dios no es una realidad? La respuesta está en ti y en mi, que somos la voz, las manos, la fuerza, el testimonio para que Dios pueda construir su Reino cada día. Él lo ha logrado todo, todo es gracia, pero si descubres que Jesús salva, tienes que dejar que Jesús sea tu Rey y Salvador. Tan sencillo y tan profundo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Sabas 23 de noviembre

Sábado, 23 de noviembre
Semana XXXIIII tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 20, 27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano».
Pues bien, había siete hermanos el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó: En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos. Intervinieron unos letrados: Bien dicho, Maestro.
Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Pistas: “No es Dios de muertos sino de vivos”. Éste es el convencimiento de Jesús y la prueba será su triunfo sobre la muerte.
La dificultad viene al querer imaginar la resurrección y la vida eterna. Si imaginamos la resurrección como una mera reanimación de un cadáver, entonces supondría volver a recobrar la vida humana con sus limitaciones. Pero si la comprendemos desde la resurrección de Cristo, la muerte es destruida por la plenitud de la vida divina. En la resurrección se adquiere la vida divina, la vida del Espíritu, la vida Eterna.
No somos capaces de imaginarlo porque la resurrección es un hecho que pertenece a la otra orilla (en teología decimos que trascendente –por encima de las realidades de este mundo- y escatológico –situado al final de la historia, fuera de los parámetros de este mundo-) y por eso es un hecho misterioso. Tanto las apariciones del resucitado como las palabras para designar la resurrección son numerosas, porque ninguna de ellas es capaz de expresar todo el contenido.
Algunas de esas palabras que aparecen en el Nuevo Testamento son: resurrección, exaltación, glorificación, triunfo, ascensión, señorío.
Y para nosotros ¿qué significa la resurrección de Jesús? Él ha hecho nuevas las cosas. Es el acto definitivo del poder de Dios por medio del cual salva al hombre haciéndolo partícipe de su vida. Jesús resucitado es el “hombre nuevo” (en sentido propio). Es el primero que en su humanidad ha sido liberado del poder de la muerte y esta humanidad glorificada, resucitada, es el camino hacia Dios.
La resurrección de Jesús es el cumplimiento de toda esperanza humana. Todo hombre quiere, desea, anhela, busca, encontrar una vida plena, feliz, gozosa y para siempre. Pero si la imaginas como mero revivir un cadáver sólo es un cuento de niños. Jesús quiere hacerles entender la novedad que Él trae, pero sus propios discípulos no son capaces de comprenderlo porque lo quieren acoger desde un parámetro puramente humano. Sólo podrán asomarse a este misterio cuando se encuentren con Él resucitado.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida

Viernes 22 de noviembre

Viernes, 22 de noviembre
Santa Cecilia, Virgen y mártir

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 19, 45-48
En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».
Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

Pistas: El templo es el lugar de la presencia de Dios y el centro de la vida religiosa judía. El enfrentamiento de Jesús con sus autoridades y costumbres religiosas va en aumento. San Lucas sitúa cerca del desenlace de la vida de Jesús este acontecimiento que iba directamente contra los negocios e intereses de muchos de los que acabarán convirtiéndose en sus enemigos.
En el templo se realizaban sacrificios de animales, por tanto, había un negocio alrededor. No se usaba la moneda romana, se cambiaba a la moneda propia del templo… Así que toda la estructura para mantener estos ritos y la manera externa y vacía para muchos de vivir la fe es contra la que va Jesús.
La autoridad de Jesús parece grande, quieren acabar con Él, pero todavía no se atreven ni encuentran el modo de hacerlo porque el pueblo está pendiente de su enseñanza. Aunque esto no va a durar porque en pocos días gritarán: ¡¡Crucifícalo!!
Hoy el templo es la Iglesia, el lugar donde está Dios, donde encontrarse con Él. Piensa, no en el edificio físico, sino en la comunidad, en el grupo de personas que la forman. Puedes preguntarte qué Iglesia estás construyendo tú. ¿Serías de los que Jesús echa del templo? ¿Serías de los que negocian con las cosas de Dios? ¿O estás construyendo comunidad, ayudando a que sea lugar de encuentro con Dios?
El templo es también tu corazón, tu vida. Y puedes hacerte la misma pregunta: ¿Es casa de oración o la tengo llena de ruidos, de intereses, de ladrones que me roban la felicidad? Como venimos aprendiendo en el mensaje de Jesús, el Reino empieza dentro de ti. Ése es el lugar en que Dios quiere habitar. Y en lo pequeño, en tu propia vida, en lo cotidiano, es donde empieza todo. Déjale sacar lo que estorba, lo que no tiene que estar ahí. Y así tu corazón será un lugar de encuentro con Dios en el que puedas experimentar su gran amor.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a la vida.

Jueves 21 de noviembre

Jueves, 21 de noviembre
Presentación de la Bienaventurada Virgen María

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 19, 41-44
En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos.
Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.

Pistas: Es tremendo imaginarse esto. Jesús va a morir en Jerusalén. Mira su ciudad y llora porque comprende que le rechazan. Él sabe que su propio pueblo cierra los ojos a la salvación. No escuchan su Palabra, ni creen en su testimonio. Esto tendrá terribles consecuencias y Jesús llora por Jerusalén.
Tú y yo somos Jerusalén cuando miramos a Jesús con indiferencia, cuando nos encerramos en nuestro pecado, cuando no nos damos cuenta de que somos elegidos por Dios y preferimos aferrarnos a los ritos y las tradiciones antes que a la fe en Cristo. Cuando no queremos ver sus signos ni el signo definitivo: su muerte y resurrección. Al morir Cristo el velo del Templo se rasgará. Es otro signo. Y los judíos sabían lo que significaba eso, pero Jerusalén no quiere ver.

No quisieron comprender «lo que conduce a la paz». No quisieron comprender a Cristo. Cuando el templo sea destruido ya no habrá sacrificios de animales que sirvan para lavar los pecados, ni el Sumo Sacerdote entrará en la fiesta de la expiación -el único día al año en que puede- en el Sancta Sactorum (el lugar más santo, dónde está la presencia de Dios). No quisieron ver que el velo que cerraba ese lugar se rasgó al morir Cristo. Porque cierran los ojos a quién es Cristo y no reconocen el momento de su venida.
Sólo en Jesús hay salvación. Sólo en comprender y reconocer quién es Él. Ya no hay ritos ni tradiciones que salven, sólo si conducen a Cristo. Lo demás no lleva a la paz. Lo demás trae destrucción.
¿Eres Jerusalén, la que no quiere ver? ¿O eres parte del nuevo pueblo de Dios, el que reconoce que Jesús murió por todos y cada uno de nosotros, el que le sigue a pesar de las dificultades del camino? Mira, reconoce y comprende quién es Cristo, porque es lo único que trae salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Miércoles 20 de noviembre

Miércoles, 20 de noviembre
XXXIII semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 19, 11-28
En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.
Dijo, pues: Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: Negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras de él una embajada para informar: «No queremos que él sea nuestro rey».
Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo: Señor, tu onza ha producido diez. Él le contestó: Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.
El segundo llegó y dijo: Tu onza, señor, ha producido cinco. A ése le dijo también: Pues toma tú el mando de cinco ciudades.
El otro llegó y dijo: Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras. Él le contestó: Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.
Entonces dijo a los presentes: quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez. Le replicaron: Señor, si ya tiene diez onzas.
Os digo: Al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.
Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia. Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Pistas: San Lucas nos pone juntas dos parábolas que en otros evangelios aparecen separadas: el señor que se marcha y reparte sus bienes, y el que vuelve siendo rey y acaba con los enemigos del reino. Y lo sitúa en la perspectiva del final de los tiempos. El Reino de Dios en plenitud. Como decimos en el credo, cuando venga a juzgar a vivos y muertos.
Mientras llega el final es el tiempo de negociar. Hay que moverse, hacer que dé fruto. La onza son los dones de que el Señor nos da, es la salvación. ¿Qué hacemos con ellos? No se da el caso de que uno de los que negocia pierda, fracase. Porque la Gracia de Dios, los dones de Dios van a dar fruto sí o sí.
Pero si los escondes, te acomodas o te acobardas, entonces no pones a trabajar los dones que Dios te ha dado. Pero es que Dios no pide imposibles. Si caes, levántate. Si has pecado, conviértete y sigue adelante. Pon a producir en el banco los tesoros que Dios ha puesto en tu ser. Acude a la Iglesia (ella es el banco), en ella podrás –si no te acomodas- aprender el camino para que tu vida dé fruto.
Pero, recuerda, nada de esto va a poder darse sin que tú pongas de tu parte. Dios nunca nos obliga a nada: ni a tener fe, ni a amar, ni a ser fieles… Sólo nos invita y nos da la fuerza para hacerlo. Pero respeta tu libertad y no hará nada sin ti.
Al que tiene se le dará… No es que Dios sea cruel, es que sus dones sobreabundan y el que tiene tendrá más de lo que puede esperar o desear. Pero el que los rechaza no encontrará en nada la salvación, porque sólo Jesús puede darla.
Jesús vencerá plenamente. Con Él comienza el Reino, que ya está, Jesús ya es Rey. Y nosotros, para participar de su plenitud, tenemos que seguir luchando. Sus enemigos han sido derrotados (pero no lo saben). Jesús va delante ¿decides seguirle?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a la vida.

Martes 19 de noviembre

Martes, 19 de noviembre
XXXIII semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 19, 1-10
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
—«Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó enseguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
—«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
—«Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó:
—«Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Pistas: Hace un par de domingos leíamos este pasaje. Hoy es una buena oportunidad para experimentar que la Palabra de Dios es siempre nueva. Puedes leer las pistas de aquel domingo-3-de-noviembre
Zaqueo no es de ese tipo de personas que a primera vista nos daría pena y nos gustaría que Jesús le ayudase. Más bien pensaríamos que es “de los malos”. Un hombre que se había aprovechado de su posición, se había enriquecido traicionando a su pueblo… Seguro que si fuésemos con Jesús le diríamos: “Oye, que este Zaqueo tiene mala fama y sus amigos, ojo con ellos…”. No es un pobrecito que despierte compasión. Y, sin embargo, Jesús ve en lo profundo.
Tal vez tú tampoco des “el perfil” de cristiano. Puede que no te veas digno o capaz. Pero te pareces a Zaqueo porque estás buscando a Jesús (estás rezando con la Palabra de Dios). La buena noticia es que Jesús te busca a ti. Quiere hospedarse en tu casa. No es Zaqueo quien le invita, Jesús se autoinvita.
En aquellas dimensiones de tu vida en las que te sientes perdido, a pesar de tantas cosas, Jesús te dice hoy una vez más que ha venido a buscarte y a salvarte. ¿Le dejarás entrar en tu casa?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Lunes 18 de noviembre

Lunes, 18 de noviembre
Dedicación de las Basílicas de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 18, 35-43
En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: Pasa Jesús Nazareno.
Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El dijo: Señor, que vea otra vez. Jesús le contestó: Recobra la vista, tu fe te ha curado.
Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

Pistas: Un hombre que se había quedado ciego está pidiendo al borde de un camino y éste era el único modo de ganarse la vida de alguien que según la mentalidad judía estaba marcado por el pecado, suyo o de su familia. Oye el ruido, se entera de que es Jesús el que pasa y no pierde la oportunidad. Da igual lo que le digan, lo que piensen de él, le intentan callar. Pero él sigue gritando más fuerte. Hasta que Jesús manda que lo lleven a su presencia. Se produce el diálogo con Jesús y por la fe el milagro. Y la gente alaba a Dios.
Vamos a fijarnos en el simbolismo de este relato. Ya sabes que se puede hacer una lectura espiritual de estos milagros de Jesús. ¿Qué cegueras hay en tu vida? Tal vez te gustaría tener más fe, o antes creías, rezabas, eras fiel y ahora estás un poco perdido… pregúntate en qué necesitas que Jesús te sane.
Jesús va con sus discípulos y la gente que le sigue. Unos llevarán al ciego a Jesús, otros tratarán de callarle porque molesta. Así es la Iglesia. Unos te ayudarán a acercarte a Jesús, otros se convertirán en un obstáculo, pero si perseveras, al final estarás ante Jesús –y date cuenta que sin la ayuda de los que acercan al ciego a Jesús hubiera sido todo más complicado-.
La presencia de Jesús y la fe lo cambian todo, puede ver. Esto es la conversión, poder ver otra vez, encontrar el camino (no estar al borde sobreviviendo), sino ya en marcha, adelante, con una meta. Este hombre decide seguir a Jesús y se convierte también en testigo de lo que Jesús ha hecho en su vida, lo que despierta la fe de otros. Deja que la Palabra de Dios de hoy hable a tu vida ¿qué te dice hoy? y reza.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo 17 de noviembre

Domingo, 17 de noviembre
Semana XXXIII del tiempo ordinario, ciclo C

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 21, 5-19
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

Pistas: Jesús avisa de lo limitado de este mundo y de nuestras obras (“la belleza del templo”). Habla de los sufrimientos que ha habido y habrá en la humanidad. Y da tres consejos:
Primero. No tengáis miedo, no sigáis a los que van de salvadores. Sólo en Jesús hay salvación. Sólo en Dios hay libertad. Aunque haya mal, sufrimiento, persecución, injusticia y pecado en nuestro mundo. No existen sistemas ideológicos o materiales que den la felicidad y liberen al hombre. Son mentiras y cantos de sirena que conducen a la destrucción individual y de la sociedad.
Segundo: “Tendréis ocasión de dar testimonio”. Ante la persecución, mientras caminamos hacia el Reino de Dios, que ya está presente pero todavía no en plenitud, con la fuerza del Espíritu Santo daremos testimonio. Ante el pobre que sufre, tenemos que dar testimonio. Ante el ateo, ante el desesperado o el enfadado, tenemos que dar testimonio. Ante el que nos odia y nos persigue tenemos que dar testimonio. Ante los injustos y egoístas, ante el indiferente, el malvado, el tibio. Ante padres, parientes, hermanos y amigos. Ante todos. Tenemos que dar testimonio.
Tercero: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Jesús dice: No os canséis. Perseverad. En un mundo en el que todo es inmediato (tengo hambre, abro la nevera o compro algo en la tienda. Necesito hablar , mando un whatsapp. Quiero entretenerme, enciendo la tele o cojo el móvil…); el Evangelio nos habla de paciencia y perseverancia. Porque Dios es bueno, ama y salva. Pero nosotros lo queremos ya. Lo queremos a nuestras órdenes.
El Dios cristiano es Padre misericordioso y poderoso. Es Hijo que se hace hombre y nos convierte en hijos de Dios abriéndonos el cielo. Es Espíritu Santo en el corazón de cada bautizado y en la Iglesia. Pero en Jesús tenemos vida (“ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”) porque el Espíritu Santo que era su fuerza, que obraba milagros, que lo resucitó de entre los muertos, que puso en marcha la Iglesia, ese Espíritu habita en ti y en mí. No tengas miedo, da testimonio, persevera y tendrás salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.