Martes 22 de septiembre

Martes, 22 de septiembre
XXV Semana del tiempo ordinario

Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 8, 19-21
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Él les contestó: Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.

Pistas: Escuchar y poner por obra la Palabra de Dios te hace familia de Jesús. Éste es el tipo de relación que Jesús ha venido a construir con Dios y entre nosotros.
Ser discípulo suyo no sólo es seguirle, cumplir, conocerle… Es establecer un nuevo tipo de relación en tu vida. Si vives como discípulo de Jesús, serás de los suyos, de los de su casa, de su familia. Podrás llamar a Dios Padre, a Jesús hermano, amigo, el Espíritu Santo estará en tu corazón.
Éste es el Dios cristiano. El que se acerca tanto a nosotros que nos hace entrar en su vida. Y éste es el camino que vas recorriendo día a día al rezar con la Palabra de Dios.
Aprovecha este Evangelio para pensar si la pones por obra ¿Iluminas tus circunstancias, tus decisiones, tus relaciones con la Palabra de Dios? De lo contrario la relación se resiente y Dios parece un extraño, y parece estar lejos. Pregúntate qué tienes que cambiar, en qué tienes que avanzar para vivir esa relación de hijo de Dios, de hermano de Jesús lleno del Espíritu Santo como Él, capaz de las mismas cosas extraordinarias, por su Gracia, que Él realizó.
Recuerda que Jesús te da la fuerza para hacer lo que te pide y el Espíritu Santo hace posible que se haga realidad lo que la Palabra de Dios anuncia. Por eso, no tengas miedo y avanza.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Lunes 21 de septiembre

Lunes, 21 de septiembre
San Mateo, Apóstol y Evangelista

Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Mateo 9, 9-13
En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Pistas: Juzgar, clasificar en buenos y malos, teniendo como criterio si encajan o no en nuestra manera de hacer y entender las cosas, sigue siendo una fuerte tentación en nuestra Iglesia y en la vida de cada uno de nosotros. Pero Jesús nos enseña a mirar siempre más allá.
Si te sientes pecador, lejos de Dios, incluso si como los publicanos eres juzgado y mal mirado: No temas. Jesús se va a sentar a comer contigo. Y sus discípulos deberíamos hacer lo mismo.
Si ocupas un puesto de responsabilidad en la Iglesia o, simplemente, eres creyente, recuerda lo que dice Jesús en el Evangelio de hoy: No clasifiques a las personas ¿Cuántas veces bajo la apariencia de hacer lo correcto en realidad estamos juzgando, apartando a la gente de Jesús? ¿cuántas oportunidades perdernos de sentarnos en la mesa con aquellos a los que Jesús llama?
“Misericordia quiero y no sacrificios”. Podríamos traducir hoy esta frase que Jesús dice a los fariseos de este modo: misericordia quiero y no religiosidad superficial, ni apariencias. Misericordia quiero y no estructuras, modos. Misericordia quiero y no una práctica sin vida, sin verdad, sin retos… Como enseña siempre Jesús, hay que elegir entre vivir desde el corazón y en su amor, o en el juicio, la superficialidad, la apariencia y la mentira.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo 20 de septiembre

Domingo, 20 de septiembre
XXV semana del tiempo ordinario, ciclo A

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: —Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: —¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?
Le respondieron:
—Nadie nos ha contratado.
Él les dijo:
—Id también vosotros a mi viña.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
—Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.
Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
—Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos:
—Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Pistas: ¿A qué se parece el Reino de los Cielos? Y Jesús nos cuenta la parábola que acabamos de leer. Hoy puede ayudarnos a rezar enfocar la lectura desde tres perspectivas: el dueño de la viña, que es Dios; los jornaleros que van primero y los últimos.
Dios invita insistentemente a entrar en el Reino. Va una y otra vez a buscar los que quieran ir a su viña. Los primeros que van parece que tienen claro que quieren ir, aceptan las condiciones y se van a trabajar. No dice que fuesen buenos o malos trabajadores, simplemente que fueron. En la plaza sin hacer nada se encuentra a otros y los invita. Podemos reflexionar sobre qué significa la plaza: el lugar de encuentro del pueblo, el lugar de paso… Y finalmente a los que ya habían perdido todo el día con sus asuntos. A todos les dará el mismo premio: su salvación.
Los primeros que van a trabajar se creen mejores. Han luchado, han aguantado las peores horas, se han esforzado. Se pueden parecer al hermano mayor de otra parábola, la del hijo pródigo, que estando en casa no acaba de disfrutar de las cosas que tiene, se siente como que no le dan lo justo, no aprende a ser como el padre. Pero Dios es bueno, no premia según lo que se merece, sino según su bondad.
Los últimos, ganan lo que no han merecido. Tal vez alguno de ellos trabajó tanto y tan bien que hizo lo mismo que otro que vagueó todo el día. De cualquier forma, están en la viña, reciben el salario y tienen motivos para dar gracias.
Relee el Evangelio. Si eres una persona de Iglesia, estás realizando algún servicio, estás comprometido, luchas, trabajas y te esfuerzas desde hace tiempo, ponte en el lugar de los que han trabajado en la viña desde el principio y ven llegar a los nuevos. Aprende del dueño de la viña a acoger y amar. Si has estado despistado, has andado a lo tuyo, pero quieres responder a Jesús que te llama, lánzate, hazlo. Arriésgate, el premio es mucho mayor de lo que esperas.
Una y otra y otra vez se acerca el Señor a invitarte: ¿quieres venir conmigo? ¿quieres entrar en mi Reino? ¿quieres trabajar para él?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Mateo 20,1-16a. 
Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.
Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,
les dijo: ‘Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.
Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ‘¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?’.
Ellos les respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Entonces les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’.
El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’.
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Sábado 19 de septiembre

Sábado, 19 de septiembre
XXIV semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 8, 4-15
En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo.
Entonces les dijo esta parábola: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena, y, al crecer, dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga.
Entonces le preguntaron los discípulos: ¿Qué significa esa parábola? Él les respondió: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
El sentido de la parábola es éste: La semilla es la Palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la Palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Lo de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando.

Pistas: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino”. Pero ¿Jesús no quiere que todos se salven, que todos entiendan, que puedan entrar en el Reino? ¿Por qué dice: “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”?
Sólo se puede entrar en el Reino pasando por Jesús, siendo discípulos suyos. Sólo se puede ir profundizando en lo que enseña Jesús estando con Él. Finalmente descubrirán que no son sólo ideas sino una relación. Estar con Jesús, seguirle, aprender de Él. A través de Él conocer al Padre y llenarnos del Espíritu Santo. Por eso, sólo pueden conocer los secretos del Reino los que son discípulos, porque sólo ellos pueden asomarse a través de Jesús a este misterio.
Por otra parte, la parábola del sembrador nos puede hacer reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra de Dios. La meta es ser tierra buena, pero a veces hay que trabajarse y también dejar que Dios nos trabaje: que nos dé profundidad para que no nos quedemos al borde del camino, que quite piedras y arranque zarzas.
Puedes pensar cuáles son tus piedras y tus zarzas y pedirle a Dios que las arranque. También puedes pedirle que te dé los instrumentos necesarios para afrontar esos obstáculos del camino. Y tal vez descubras que necesitas confesarte. Busca con quién y hazlo. Abre tu corazón a Dios, porque la tierra buena se trabaja, la semilla es regalo, el ser tierra buena también… Pero quitar las piedras y las zarzas requiere que te dejes hacer, que abras la puerta a Dios reconociendo tus fallos y mostrándote abierto a acoger su gracia.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te de dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Viernes 18 de septiembre

Viernes, 18 de septiembre
XXIV semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 8, 1-3
En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando la Buena Noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Pistas: Jesús realiza su misión de anunciar el la Buena Noticia y con Él van sus discípulos. Aprenden y son partícipes de su misión. Y serán, con la fuerza del Espíritu Santo y la presencia de Jesús resucitado, los que den testimonio y continúen su obra.
En época de Jesús muchos maestros se rodeaban de sus discípulos. Pero el grupo de Jesús es diferente. Los que Él elige como sus discípulos no son los mejores ni los más aclamados socialmente: publicanos, pecadores, hombres sencillos, hombres ricos… de todo. Y una de las cosas más rompedora es la presencia en el grupo de mujeres que siguen a Jesús y son por ello también discípulos, en igualdad de condiciones. Jesús confiere una dignidad y un papel nuevos a la mujer, no sólo porque le otorga el derecho a conocer las «buenas noticias del reino de Dios», sino también la participación en el ministerio.
Pongámonos en la situación de un momento de la historia en el que algunos rabinos dudaban incluso de la capacidad de la mujer para aprender la Torah (la ley judía) y en el que la autonomía social de la mujer era muy escasa. Pero en los evangelios el cambio es radical: las mujeres son las primeras que llevan a los apóstoles la noticia de la resurrección, son las que resisten al pie de la Cruz, junto con Juan. Tal vez nos quede camino por avanzar en el papel de la mujer en la Iglesia. Lo que el Evangelio de hoy nos deja muy claro es que ahí estaban, yendo con Jesús, ayudando, siendo del grupo de los de Jesús.
Puedes hacerte dos preguntas hoy: ¿quiero ser de los de Jesús? ¿le sigo? ¿soy su discípulo? ¿aprendo, experimento, creo…? Y, por otro lado, ¿qué puedo hacer para que el grupo de los que creen en Jesús, es decir, la Iglesia, se parezca a la que Jesús ha soñado? ¿qué puedo hacer en mi realidad concreta (con el contexto y la situación actuales)? ¿Cómo puedo ayudar? En la época de Jesús, igual que ahora, no era la situación ideal, pero lo importante era y es ser discípulos de Jesús.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Jueves 17 de septiembre

Jueves, 17 de septiembre
XXIV Semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 7, 36-50
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora. Jesús tomó la palabra y le dijo: Simón, tengo algo que decirte. El respondió: Dímelo, maestro.
Jesús le dijo: Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos.
¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo.
Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies.
Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume.
Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados? Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz.

Pistas: Una lección de amor, de fe y de humildad. El fariseo invita a Jesús a su casa, pero su amor por Él es pequeño. La mujer se siente profundamente indigna y a la vez agradecida. Sólo puede amar. Uno juzga, ella ama y su fe la salva.
Jesús enseña el camino del amor, del encuentro con Él, como el único camino de salvación.
Hay un aspecto curioso en la vida de los santos: a mayor santidad, mayor conciencia del propio pecado y de la grandeza y gratuidad del amor de Dios. Muchos cuentan esta experiencia. Cuanto más cerca de Dios, más claro se ve el propio pecado y por tanto mayor conciencia se tiene de la misericordia de Dios. Sucede como cuando se enciende progresivamente una luz, se ve mejor todo, también las imperfecciones y la suciedad. Por eso, “al que poco se le perdona, poco ama”
Este Evangelio se presta a imaginarse la escena. Puedes ponerte en el lugar de cada uno de los personajes y dejar que Dios te hable con lo que puedas tener en común con ellos. ¿Qué hay en ti de invitar a Jesús a tu casa pero amarle poco? Es decir, ser cristiano de boquilla y estar poco apasionado, no sentir la fe que dices tener ¿Cómo es tu vivencia de la fe? ¿te sientes indigno? ¿te acercas a Jesús, le amas y te dejas amar por Él?…

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Miércoles 16 de septiembre

Miércoles, 16 de septiembre
Santos Cornelio y Cipriano, obispos y mártires.

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 7, 31-35
En aquel tiempo, dijo el Señor: ¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis» Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de recaudadores y pecadores». Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.

Pistas: Ser discípulo de la sabiduría significa ver la verdad más allá de los modos, más allá de los prejuicios. Es poder conocer los planes salvíficos de Dios. La sabiduría nos llevará a ser verdaderamente libres, a conocer con más profundidad la realidad de nuestro mundo, de nuestra propia vida y de Dios.
Juan el Bautista preparó el camino a Jesús, que reveló plenamente quién es Dios. No sólo como ideas sino como vida, como relación. Tanto que se entregó por nosotros, nos dio el Espíritu y nos abrió de par en par la puerta del cielo.
No siempre es fácil enfrentarse a la verdad venciendo los prejuicios, los propios intereses o los miedos. Darle la razón a otro, aunque sea Otro con mayúsculas, aunque sea Dios, implica vencerse a uno mismo, cambiar. Por eso, esta lectura puede ayudarte a pensar a quién te pareces: a los niños de la parábola o a los que se encuentran con la sabiduría y se vuelven sus discípulos.
Pero Jesús también nos dice que elegir el camino de la sabiduría nos impedirá estar acomodados o vivir en una mentira. Y aunque tengas que luchar, adaptarte a una forma distinta de pensar y actuar -como los ojos cuando pasan de la oscuridad a la luz o alguien que está enfermo y sana y se levanta- encontrarás vida, libertad, alegría, verdad, luz… Encontrarás a Dios y te encontrarás a ti mismo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Martes 15 de septiembre

Martes, 15 de septiembre
Bienaventurada Virgen María de los Dolores

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 19, 25-27
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Pistas: La cruz, mírala. Clavado en ella está Jesús, el que hizo tanto bien, el que amó tanto. El Hijo de Dios, míralo. Dice la escritura que no parece un hombre. De sus amigos sólo quedan al pie de la cruz la madre, algunas mujeres y el más joven de los discípulos. Los que supuestamente eran fuertes en esta hora de dolor se vuelven débiles y, en el fondo, quedan los que más aman. Qué momento y qué lugar aquel en el que el mal pensaba vencer mientras era vencido, pero nada hacía sospechar que así fuera.
Jesús en la Cruz lo entrega todo. Hasta a su propia Madre. En medio del dolor Jesús piensa en los demás, porque eso es lo que hacen las personas que aman. En ese discípulo estamos representados nosotros. La Cruz es el momento del amor y la entrega aunque, paradójicamente, parece el del odio y la derrota. Pero Jesús vencerá y hará nuevas las cosas.
Hoy, 15 de septiembre, se celebra la Bienaventurada Virgen María de los Dolores. No tendría sentido celebrar esta fiesta sin la resurrección de Jesús, sin la victoria del bien y el amor sobre el mal y el sufrimiento. No celebramos el dolor, sino que Jesús le ha dado la vuelta.
¡Cuánto dolor y sufrimiento hay en nuestro mundo! Y la única respuesta válida y verdadera es hacer lo que Jesús hizo: amar, entregarse, abrir el corazón a Dios, estar llenos del Espíritu Santo para vencer el mal a fuerza de bien. La tentación siempre es elegir otros caminos. Algunos prometen soluciones fáciles pero son atajos mentirosos. El único que ha vencido, la única respuesta, es Jesús.
Podíamos poner tantos ejemplos: La eutanasia (o suicidio asistido) como respuesta fácil, frente al respeto a la vida, la lucha por la vida en medio de la cruz, el amor, el acompañamiento… El egoísmo, el placer, el evadirse, el consumismo… Tantos caminos que son mentira…
Pon tus dolores y sufrimientos al pie de la cruz de Jesús y después mírale resucitado. Mira, si quieres, a la Madre de Jesús rota de dolor. Pero mírala también después radiante al encontrarse con su hijo resucitado.
Mira tu dolor, tu pecado, tu pobreza, el mal, la injusticia… Pero después mira a Jesús que ha vencido. Mira su amor, mira la fuerza del Espíritu Santo que está en tu corazón y te hace a ti también vencedor.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Lunes 14 de septiembre

Lunes, 14 de septiembre
Exaltación de la Santa Cruz

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.» Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Pistas: ¡Qué misterio la vida de Jesús! El Hijo de Dios que bajó del cielo y se hizo hombre. Pero es tan sorprendente el modo en que Dios se manifiesta… No lo hace imponiendo unas normas, ni obligando a nadie a nada. No busca el poder, la riqueza o el éxito político. Todo es, nada más y nada menos, que un impresionante acto de amor.
No viene a juzgar (es decir, a sentenciar, a clasificar), sino a salvar (a mover corazones, a amar, a poner a las personas en marcha, a traer Espíritu, a liberar, sanar, curar, a dar nuevas oportunidades…). Y el camino que Jesús tendrá que recorrer, mejor dicho, el camino que por amor elige recorrer, le conducirá a la cruz. Será elevado y allí, en su aparente derrota, todo cambiará. Porque Jesús elige el camino de la confianza absoluta en el Padre y el amor de Dios no falla. Vencen el amor, la vida, la verdad; vence Jesús. Y ése es el camino que nos invita a seguir. Encontrarnos con Él, nuestro hermano, como nosotros, verdadero hombre y verdadero Dios, llenarnos del Espíritu Santo y asomarnos al misterio del Padre.
Es bonito caer en la cuenta de que se trata de creer, de amar, de dejarse amar, de estar en relación con Dios… Claro que eso llevará a un estilo de vida concreto, pero no va antes el estilo de vida que la fe y el amor.
Acércate a Jesús, y en la cruz, aunque el camino sea difícil, tendrás vida, tendrás amor y tendrás salvación. Acércate a Jesús y síguele. Aprende a amar y dejarte amar. Y todo adquirirá un sentido nuevo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.