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XV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Marcos 6,7-13. 
Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero;
que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.
Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».
Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión;
expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Marcos 6,1-6. 
Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?
¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?». Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.
Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa».
Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.
Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Marcos 5,21-43. 
Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.
Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies,
rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva».
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada».
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?».
Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?».
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?».
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas».
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago,
fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba.
Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme».
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba.
La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate».
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro,
y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

Solemnidad del nacimiento de Juan Bautista

Evangelio según San Lucas 1,57-66.80. 
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan».
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

XI Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Marcos 4,26-34. 
Y decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra:
sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga.
Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».
También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?
Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra,
pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».
Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender.
No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

X Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Marcos 3,20-35. 
Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer.
Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».
Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?
Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.
Y una familia dividida tampoco puede subsistir.
Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin.
Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.
Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran.
Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre».
Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Mateo 23,1-12. 
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés;
ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;
les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.
A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial.
No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros,
porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».

REFLEXIÓN:

“No llaméis a nadie padre, porque solo uno es vuestro padre, Dios. No llaméis a nadie maestro, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías”. Todos los demás somos hermanos!!

Como vemos en el evangelio de hoy, de todos se puede aprender algo incluso de los que están haciendo mal las cosas, de esos aprendemos que no tenemos que ser así.

Tenemos que ser coherentes en el pensar, en el hablar y en el actuar. La gran mentira que se abre camino en medio de nuestra sociedad, es que si uno dice una mentira muchas veces parece que se convierte en verdad. No es así, la mentira por muy popular que sea, siempre es mentira y la verdad, verdad.

Este engaño esta tan extendido que terminamos pensando que lo importante son las palabras, pero las palabras si no van acompañadas de actos, son palabras bacías, “vanas” sin contenido. También así puede ser nuestra relación con Dios, vana, porque nuestro practicar se convirtió en un practicar exterior, hasta tal punto, que los que no se acercan a la vida de la Iglesia, se consideran cristianos no practicantes. Cuando un cristiano no practicante no es el que no viene a la Eucaristía, es aquel que aún viniendo a la Eucaristía no vive según el evangelio, no vive ni intenta vivir con los valores de Jesús.

Tenemos que hacer un buen examen de conciencia porque quizás también nosotros seamos fariseos, no solo en nuestra relación con Dios sino en nuestra relación con los hermanos o en nuestra relación con las personas que están más cerca de nosotros. ¿Cuántas veces decimos con nuestras palabras lo contrario que con nuestros actos?

Si no practico la misericordia, el amor, la justicia, ¿podre decir que soy cristiano?. Aunque practique cada domingo, si mi corazón está endurecido por vivir mi fe de una manera rígida y sin posibilidad de permitir errores, no estoy siendo del grupo de los seguidores de Jesús de Nazaret. Por eso es tan importante que hagamos un buen examen de conciencia, como decía San Ignacio, ver el mal en el mundo, ver el mal a mi alrededor y ver el mal en mis actos malos, pedir perdón y poner la misericordia de Dios que está sobre mi, sobre las personas que están a mi lado y así no buscaré ser el primero, sino ser aquel que es capaz de servir amando, como mi amigo y maestro Jesús.

Feliz domingo

Solemnidad de la Transfiguración del Señor

Evangelio según San Mateo 17,1-9. 
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Domingo de la Divina Misericordia

Evangelio según San Juan 20,19-31.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Reflexión:

Terminamos este domingo la octava de Pascua, ocho días como uno, y se nos lanza una gran pregunta… ¿Sois testigos de Cristo resucitado? Ya no hablamos de los signos, expulsareis demonios, hablaréis lenguas nuevas… de los que se nos habla en (Mc 16,17).

Es otra cosa más sencilla la que leemos hoy, «lo tenían todo en común» y… «cada día se les agregaban más» «estaban felices».

Quizás nuestra reacción es más como la de Tomás, si no lo veo no lo creo, pero aún viendo ¿somos testigos de lo que vimos y vivimos? Ser testigo no es únicamente contar nuestra experiencia sino que nuestra manera de vivir hable de nuestra experiencia.

Si no sabes si tienes la experiencia De Dios en tu vida puede ser por dos causas. 1 que realmente no la tengas. 2 que te olvidases de que la tienes.

¿Que tengo que hacer?

1 Revisa tu historia buscando el paso De Dios, seguro que encontrarás muchas ocasiones en las que Dios paso por tu vida. Y si eso no es suficiente… 2 Haz como Tomás, pídele al Señor aquello que necesitas ver o sentir para de verdad creer. «…y no seas incrédulo, sino creyente»

Si yo digo… «Señor mío y Dios mío» después de encontrarme con el resucitado, el mundo cambia y yo comienzo a ser Testigo, lo que tengo lo que descubrí o experimente, no es sólo para mí, es para compartir con los demás.

San Juan Pablo II instauró en este domingo el domingo de la Divina Misericordia. Dios nos hace misericordia viniendo a nuestra realidad para transformarla, al igual que nosotros cristianos estamos llamados para hacer misericordia con este mundo, que necesita de testigos, necesita que nosotros seamos signo para creer.

Feliz Domingo de Resurrección feliz Domingo de la Divina Misericordia

VIII Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Mateo 6,24-34.
Dijo Jesús a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?
¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer.
Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.
Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’.
Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.
No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

REFLEXIÓN:

“Yo no te olvido” Is. 49,14-15

El profeta pone en la boca de Dios estas palabras que deberíamos tener grabadas en la memoria constantemente, porque es muy fácil pensar que el Señor se olvida de mí, de mis problemas, de mis circunstancias, de mis dificultades… ¿No será que soy yo el que me olvido de Él?

Nos metemos en un montón de problemas con una facilidad tremenda y lo hacemos por la falacia mundana de “necesitas”. Necesitas coche, moto, coche nuevo, piso, casa, viajes, más viajes, cosinas que ponerte, cosinas que regalar…. NECESITAS ¿NECECITAS?

No se pueden servir a dos amos a la vez, o a Dios o al dinero. Vivimos una vida hipotecada, quizás a un interés bajo, pero hipotecada. ¿Para qué queremos tanto? ¿si soy amado necesito más?

¿A quién pertenezco? ¿Quién es mi señor? No podemos ser solo cristianos cuando venimos a la Eucaristía o a las cosas de la parroquia. Soy Cristiano Siempre!!! Y ¿Qué es lo que creo tener o poseer? Todo es de Dios, todo nos ha sido confiado no es nuestro, prueba de ello es que venimos al mundo con lo que tenemos, desnudos. Si todo es de Dios y el sabe lo que necesitamos, ¿no nos dará todo lo que podemos necesitar? “si tu hijo te pide pan, ¿le darás una serpiente?(…) cuanto más vuestro padre que está en los cielos…”

Otra cosa que solemos olvidar es que las personas siempre son más importantes que las cosas. Claro que son necesarias las cosas y el dinero, pero no podemos buscarlas con ansia pasando por encima de todo y de todos. Olvidamos lo imprescindible y es que necesitamos amar y descubrirnos amados. Sabemos que somos amado por Dios, pero ¿lo hemos experimentado? ¿Hemos sentido en nuestro interior que somos amados en plenitud? Y si nos descubrimos amados ¿cómo no podemos amar? Y hablo de amar a las personas, que ya se de sobra que alguno parece que está enamorado de su coche de tanto que lo mima. Los demás no son instrumentos, herramientas y nosotros tampoco. Yo no valgo por el servicio que doy, o por el capital que produzco, yo valgo porque soy imagen de Dios, IMAGEN AMADA DE DIOS.

La preocupación desmedida por nuestro futuro es el fruto de la desconfianza en un Dios que llena de belleza hasta las flores que sólo viven un día. Me preocupo porque mi salvación sólo depende de mi y eso como ya hablamos la semana pasada, es mentira. La clave es vivir en el presente, frente a un pasado que ya pasó y un futuro que no existe, “cada día tiene su afán” y en ese afán diario tenemos que perder el tiempo en las personas que el Señor nos regala, no podemos pasar más tiempo trabajando y con la tele que con los nuestros. Vivamos en una acción de gracias constante, por las personas que hay en nuestra vida, por el día (hoy precioso), por la lluvia, por la abundancia, por la necesidad y sobretodo, por ser inmerecidamente amados por Dios.

Feliz Domingo