Martes 9 de abril

Martes 9 de abril
V Semana de Cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 8, 21-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
—«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.» Y los judíos comentaban:
—«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: «Donde yo voy no podéis venir vosotros»?» Y él continuaba:
—«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.» Ellos le decían:
—«¿Quién eres tú?»
Jesús les contestó:
—«Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.» Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús:
—«Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.» Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Pistas: Jesús anuncia su muerte en la Cruz. Juan la presenta más como un trono y una glorificación que como un terrible instrumento de tortura. Jesús es el Yo soy (en el Antiguo Testamento, uno de los nombres de Dios), el testigo de la verdad, el Hijo, el que hace siempre la voluntad del Padre. En la Cruz será levantado pero no podrán reconocerlo por sus pecados.
Es dramático lo que refleja el Evangelio de hoy: Jesús será acusado y traicionado, lo crucificarán. Ya en aquel momento podían sorprenderse de cómo afronta Jesús la Cruz, pero no quieren ver. Después podrán escuchar que resucita, que la tumba queda vacía, pero no serán capaces de creer en Él.
Jesús dice que esto es por los pecados de los hombres y porque son del mundo. Por eso la Iglesia te invita en esta cuaresma a que seas menos del mundo (que cuides tu espíritu, que luches contra la tentación, contra el egoísmo…) y a que te arrepientas y te conviertas de tus pecados. No sólo eso. Te ha invitado a rezar más, a dar limosna, a ayunar… a cuidar el bien y luchar contra el mal.
Si crees en Jesús todo cambiará. Le buscarás y le encontrarás. Mirarás la cruz y descubrirás en ella el poder de Dios que hace las cosas nuevas, que acepta el sacrificio de amor y obediencia de Jesús. Ahí la muerte es vencida, el pecado derrotado. Encontrarás en Jesús el camino a Dios y podrás descubrir la verdad.
Deja que el Evangelio de hoy te interpele. Y si hay mundo y pecado en ti, si no eres capaz de reconocer a Jesús, si te da miedo la cruz, si juzgas y condenas a otros como hacen los judíos en el Evangelio de hoy con Jesús, arrepiéntete y acércate a Jesús con humildad. Él hará también todo nuevo en tu corazón. Tú sólo tienes que querer acogerlo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo de Ramos

Evangelio según San Lucas 22,14-71.23,1-56.
Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión,
porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla entre ustedes.
Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.
La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.
Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores.
Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.
Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor, le dijo Pedro, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor, le dijeron, aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Oren, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejen, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos?
Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo».
«Hombre, dijo Pedro, no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces».
Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal
y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo les respondo, ustedes no me creerán,
y si los interrogo, no me responderán.
Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tienen razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo.
Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato.
Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte.
Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús.
Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.
Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!
Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos!
Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».

El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,
que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Lunes 8 de abril

Lunes 8 de abril
VI semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 8, 12-20
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar a los fariseos:
—«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» Le dijeron los fariseos:
—«Tú das testimonio de ti mismo, tu testimonio no es válido.»
Jesús les contestó: —«Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre; y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos es válido. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.» Ellos le preguntaban:
—«¿Dónde está tu Padre?»
Jesús contestó:
—«Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.»
Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Pistas: Jesús es la luz del mundo. Seguirle a él es caminar en la luz y tener vida. Si alguna vez has estado en una noche oscura en el bosque o en la montaña sin una linterna se pasa miedo, no sabes lo que puede aparecer, no ves por donde vas. Todo es distinto cuando hay luz y todavía más cuando hay una luz que seguir. Sabes dónde estás y a dónde vas.
A los judíos les resulta escandaloso que Jesús diga esto. Comienza una discusión sobre la validez del testimonio de Jesús. No pueden aceptarlo porque en el fondo no conocen a Dios. Es necesario superar la carne (es decir, el mundo, los criterios mundanos), es necesario asomarse al misterio de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que en el Hijo se hizo hombre, y este hombre, Jesús, se convirtió en el camino para conocer a Dios mismo.
Todo el misterio de Dios se revela en Jesús, por eso es la luz. Pero no una luz tenue, mortecina o estática, sino una luz que ilumina, que guía, que da vida. Su testimonio es el de la Palabra, el Hijo de Dios hecho hombre. Hace las obras que el Padre le manda, cumple su voluntad.
Acércate al misterio de Jesús una vez más. Recuerda que al releer el Evangelio no hace falta fijarse en todo, si algo te llama la atención o te hace pensar. Detente ahí y reza con ello. Y la luz te iluminará.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo 7 de abril

Domingo, 7 de abril
V domingo de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 8, 1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
—«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: —«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó:
—«Ninguno, Señor.»
Jesús dijo:
—«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Pistas: Jesús hace las cosas nuevas. Ése será el final de la Cuaresma, todo será nuevo por la resurrección de Jesús.
También para la mujer del Evangelio de hoy todo comienza de nuevo. En la cultura judía de tiempo de Jesús la mujer está relegada a un segundo plano. Pero Jesús tiene una actitud distinta: las personas son iguales entre sí, más allá de cualquier otro tipo de condicionante. Entre sus discípulos hay todo tipo de personas: pobres, ricos, publicanos…. y también un grupo de mujeres que le seguía.
Por otra parte, Jesús enseña a ser misericordiosos. Forma parte esencial de su mensaje: el amor a Dios va unido al amor al prójimo.
Puedes imaginarte la escena. El miedo de la mujer. La ira de los que la llevan ante Jesús. Su malicia. Y Jesús… da la vuelta a las cosas. “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. ¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano? ¿quién eres tú para condenar a nadie si tienes tus pecados y tus miserias como él?
Y queda sola ante Jesús. ¡Qué momento! Imaginarlo puede ayudarte a rezar. Él sí puede condenarla… pero le da una nueva oportunidad. Hace nuevas las cosas. Jesús siempre hace nuevas las cosas en la vida de los que se encuentran con Él.
Así que mira tu propia vida con el Evangelio de hoy. Tal vez te esté diciendo que no juzgues, que no señales con el dedo a otros, o que no quieras poner a prueba a Jesús sino conocerlo. O puede que haya cosas en tu vida que necesitas cambiar, que te avergüenzan. Jesús también se acerca a ti.
“En adelante no peques más”. Jesús te lanza al futuro, a seguir luchando y caminando. Una nueva vida y un camino por delante. No tengas miedo, porque existe una garantía, y es que sólo Él, si lo necesitas, puede poner de verdad tu contador a cero

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Sábado 6 de abril

Sábado 6 de abril
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 7, 40-53
En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que hablan oído los discursos de Jesús, decían: «Éste es de verdad el profeta.» Otros decían: «Este es el Mesías.» Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?» Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?» Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre.» Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos.»
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?» Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.» Y se volvieron cada uno a su casa.

Pistas: Nicodemo pregunta a los fariseos y sumos sacerdotes: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Pero a ellos no les importa eso. Ya tienen claro lo que piensan de Jesús y buscan la manera de confirmar sus ideas, no de encontrar la verdad. Jesús se convierte en alguien molesto que pone en duda unas tradiciones hechas a la imagen de los hombres que buscan unos intereses concretos, pero no a imagen de Dios.
La gente al oír y ver a Jesús, por sus palabras y sus signos, y por su propio estilo de vida, creían en Él. Pero cuando los prejuicios religiosos y los intereses entran por medio todo se oscurece. La Ley y los Profetas anuncian a Jesús, en Él se cumple de un modo absolutamente sorprendente y extraordinario las promesas y esperanzas del Antiguo Testamento, y alcanza su plenitud la revelación de Dios. Pero estos hombres expertos en la ley prefieren su religiosidad a entrar en lo profundo de la Palabra de Dios y descubrir en ella el camino hacia Jesús. Algunos sí lo logran, y los Evangelios y el Nuevo Testamento está repleto de referencias al Antiguo Testamento que iluminan la figura de Jesús y muestran cómo en Él se cumplen y alcanzan plenitud.
Puedes llevar a tu propia vida lo que cuenta este Evangelio. “La gente que no entiende la Ley”, los que saben que necesitan más verdad, más luz en su vida, son capaces de reconocer a Jesús. En cambio, los que se quedan encerrados en las tradiciones, los intereses o la religiosidad no son capaces de reconocer y acoger a Jesús. ¿Puede estar pasándote esto a ti? ¿o si tienes responsabilidad en la Iglesia? ¿o a tu comunidad?
A veces sucede en la vida de fe que nos estancamos, que la fe se enfría. Uno de los motivos puede ser una falsa, deformada o equivocada imagen de Dios. Y es necesaria la humildad de Nicodemo, que era un experto en la Ley pero se acercó a Jesús a pesar de que hacía tambalear sus esquemas. Jesús hace las cosas nuevas, también en tu vida, pero tienes que querer acogerle y dejar a un lado tus prejuicios. Si quieres encontrarte con Dios, Él es el único camino. Deja tus comodidades, tus ideas preconcebidas, y confía en Él. Quizás las cosas no sean como tú esperas, pero Jesús tiene sus propios caminos.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Viernes 5 de abril

Viernes, 5 de abril
San Vicente Ferrer, presbítero

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.
Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
—«¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.» Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
—«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado.»
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Pistas: En los capítulos del 1 al 12 de San Juan hay dos hechos que van a la par: por un lado, Jesús va revelando quién es y llevando a cabo su misión. Por otro, los judíos van rechazándole hasta que es condenado a muerte. El de Juan es el Evangelio escrito más tardíamente, cuando el cristianismo ya se había separado completamente del judaísmo. En los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) vemos que cada vez se va poniendo más tensa la relación de Jesús con las autoridades judías. En Juan la oposición judía contra Jesús es mucho más sistemática y abrumadora. Ya desde el principio hay una especie de control oficial sobre la actividad de Jesús. Hay una clara persecución contra Él: lo buscan para matarlo, intentan apedrearlo, Jesús tiene que huir, esconderse… Como en el de hoy, no puede andar abiertamente.
Este Evangelio nos deja claro que la hora de Jesús se acerca. En Juan el tema de la “hora” es muy importante. Se puede incluso utilizar como criterio para estructurar el Evangelio y hablar de expectación de la hora (cc. 1-12) y llegada de la hora (cc. 13-20). La hora es el momento en que todo es consumado: la muerte y glorificación de Jesús. Jesús mismo entregará su vida. Él lo elige libremente. Por eso no pueden echarle mano. Porque “no había llegado su hora”.
Jesús afirma que procede del Padre y que no actúa por su cuenta, sino enviado por «el que es veraz». Rompe esquemas. Y al intentar que puedan descubrir quién es se encuentra con la cerrazón de muchos. Ayer leíamos todo lo que daba testimonio de Él, pero no son capaces de superar sus ideas preconcebidas sobre cómo debe ser el Mesías. No lo ven y lo tienen delante.
También a ti quiere revelarse Jesús y mostrarte quién es cada día de un modo más pleno. ¿Cuál es tu actitud? Aprovecha estos días para seguir asomándote al misterio de Jesús, superando las dificultades de las que nos habla el Evangelio. Jesús hará que sus discípulos puedan creer, le verán morir y le encontrarán resucitado, recibirán el Espíritu Santo. Tú, no te desanimes y sigue caminando con Él para poder descubrirle como el Hijo de Dios, como el que viene a salvar.
No ha llegado su hora aún, pero el final se acerca. La popularidad de Jesús crece y ciertos sectores creen que esto pone en riesgo su modo de vivir, su estatus. No ven quién es Jesús. Sólo están preocupados por ellos mismos. A veces nosotros no vemos más allá tampoco y sólo estamos preocupados por nosotros mismos. Pero Jesús sigue ahí, esperando, a que mires más allá, a que salgas de la rutina, a que le mires.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Jueves 4 de abril

Jueves 4 de abril
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 5, 31-47
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
—«Si yo doy testimonio de mi mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es válido el testimonio que da de mi.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ése si lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?»

Pistas: ¿Quién es Jesús? Las obras que hace dan testimonio de Él. Juan el Bautista dio testimonio de Él. Las Escrituras dan testimonio de Él. Pero Jesús dice que todo esto da igual si “no queréis venir a mí para tener vida”.
Si prefieres tu propia gloria, o dar gloria a otros según tus intereses y egoísmos. Si prefieres tu luz y tu verdad, a la luz y verdad de Jesús. Si te apartas del amor para vivir en la búsqueda de placeres o en una religiosidad como la de los judíos a los que Jesús habla hoy. Si alguna de estas cosas sucede en tu vida, puede que tengas a Jesús, la luz, la vida, la salvación, la verdad, el camino hacia Dios, a tu lado y no te des cuenta. Puede que tengas delante la respuesta a lo que necesitas y buscas, y no la encuentres. Puede que estés dejando pasar una oportunidad de conocer a quien realmente es capaz de cambiar vidas.
El Evangelio de hoy es una invitación al encuentro con Jesús. ¿Cuántas cosas en tu vida te hablan de Jesús y dan testimonio de Él? ¿cuántas veces buscas en otros sitios lo que sólo Jesús puede darte? Abre el corazón, pide fe y le encontrarás.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Miércoles 3 de abril

Miércoles 3 de abril
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 5, 17-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
—«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.»
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. Jesús tomó la palabra y les dijo:
—«Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le envió.
Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.
Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Pistas: Comenzamos en esta cuaresma a leer a San Juan, cuyo estilo es muy diferente al de los otros Evangelios. Tenemos que leerlo despacio e ir entresacando las ideas que va desarrollando. Su manera de avanzar es haciendo como una espiral… Se trata de asomarnos al misterio de ¿quién es Jesús?
-Jesús llama a Dios: “mi Padre”. Se hace igual a Él. En el lenguaje y actitud de Jesús hay un salto en el que se deduce que es Hijo de Dios en un sentido diferente al resto. -El Padre actúa con Él. Jesús no hace nada por su cuenta.
-El Padre le da poder para resucitar, para dar vida.
-Hay que honrar al Hijo, como se honra al Padre, porque Jesús es el Hijo de Dios. -La Palabra de Jesús da vida. Creer en ella da vida eterna.
-Jesús juzgará a los que resuciten.
Llegamos aquí a la resurrección de los muertos. A una resurrección de vida o una de juicio. Esto sólo se puede entender desde la resurrección del propio Jesús. No sólo el alma perdurará inmortal, sino que de algún modo (no debemos imaginarnos un cadáver revivido) todo lo que somos alcanzará su plenitud en Dios. También el cuerpo, la materia y la creación entera. Por eso el sepulcro vacío de Jesús ¿Qué sucedió allí? No lo sabemos, pero sí que aquel que estaba muerto se apareció vivo a sus discípulos como veremos en la Pascua. Jesús y el Nuevo Testamento enseñan que al final de la historia habrá una resurrección universal y un juicio que le corresponderá al propio Jesús.
Por último, vuelve Jesús hablar de su unión con el Padre y que Él siempre hace la voluntad del Padre.
¿Cuál es la mejor manera de acercarte a este Evangelio? Darte cuenta de que se trata de asomarte a un misterio, al misterio de Dios, del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fe cristiana enseña que Jesús es el Hijo de Dios y san Juan va desarrollando en su Evangelio esta idea desde muchas perspectivas. Intenta contemplar, adorar, agradecer… y amar a Jesús que siendo el Hijo de Dios ha venido a mostrarnos cómo es Dios y a entregar su vida por ti.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Martes 26 de marzo

Martes 26 de marzo
III semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.»
El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.»
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.»
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
«¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?»
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Pistas: ¿Cuál es la medida para un cristiano? La medida es Jesús, es su estilo de vida, el amor que Él mostró. Puedes preguntarte: ¿Cuál es la medida de mi amor, de mi perdón, de mi entrega, de mi fe…? Si soy discípulo de Jesús, la medida tiene que ser la suya.
Jesús enseña a recorrer el camino del amor. A descubrir un amor tan grande que es incondicional y absolutamente inmerecido. Tan grande que perdona lo que no podemos merecer que se nos perdone. Éste es el amor que Dios nos tiene y al que hoy Jesús llama a corresponder.
El perdón que Jesús invita a practicar es consecuencia del amor y misericordia que Dios tiene con nosotros. Si Dios te perdona ¿cómo no vas a perdonar tú?
La falta de perdón es como llenar una mochila pesada ¡Cuánto daño hace andar buscando culpables en lugar de amar y perdonar! ¡Cuánto daño hace mirar lo que los demás hacen mal y lo que nos deben o nos hacen sin mirarnos a nosotros mismos!
El de la parábola de hoy, por no perdonar acaba preso, sin libertad, sin familia, sin vida. Pero el que perdona vacía la mochila. El que perdona anda ligero, sin cargas. El que perdona se libra del peso de la culpa. El que perdona es libre.
Perdonar no es fácil. Exige un acto de voluntad y libertad. Pero es posible y liberador. Fíjate en el inmenso amor de Dios, que no se cansa de perdonar. Por eso Jesús hoy te invita a perdonar, para ser libre, para poder amar y para poder ser feliz. Para poder decir que has vivido plenamente.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a la vida

Martes 2 de abril

Martes 2 de abril
Conmemoración de San Francisco de Paula, ermitaño

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, lleva a tu vida la oración.)

Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: —«¿Quieres quedar sano?»
El enfermo le contestó:
—«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.» Jesús le dice:
—«Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: —«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»
Él les contestó:
—«El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.» Ellos le preguntaron:
—«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
—«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacia tales cosas en sábado.

Pistas: Un hombre lleva 38 años esperando un milagro en una piscina cercana al Templo. Según la creencia popular, cuando se movía el agua el primero que descendía a la piscina quedaba sanado de cualquier enfermedad. No debemos pensar que esta creencia fuera cierta, pero el paralítico al que sanó Jesús y los que estaban allí sí lo creían.
Jesús ve a este hombre que sufre y le ofrece salvación: “¿Quieres quedar sano?”. Y el encuentro con Jesús basta. Le manda coger su camilla y echar a andar. Ya no es una lotería o una lucha por los favores de Dios. Es Jesús, el único en quien hay salvación, y su autoridad es tal que este hombre no duda y es sanado. La presencia de Jesús sana y salva.
Los judíos lo encuentran llevando la camilla en sábado, el día del descanso, y se lo recriminan. Él ni siquiera sabe el nombre de quien lo sanó. Es curioso que aquellos que no se preocuparon por él cuando estaba enfermo y postrado, sí lo hagan ahora para atacar a Jesús. No les importa la persona, sólo la ley, la tradición y una religiosidad mal entendida. Tal vez esto nos pueda hacer pensar también en cómo vivimos nuestra fe y nuestra religiosidad.
El hombre curado vuelve a encontrarse con Jesús, que le advierte que necesita cambiar de vida. Que no vale con la sanación física. Esto también puede servirnos para pensar en nuestra manera de vivir la fe. Tal vez sea sólo un consuelo, un querer sentirnos bien… cogemos lo que nos interesa. Pero no basta. Es necesario cambiar.
Al leer este Evangelio nos puede quedar una sensación extraña: ¿Por qué decidió Jesús sanar a aquel paralítico? El enfermo ni sabía quién era Jesús, ni tampoco esperaba nada de Él. Además, una vez sanado, le tuvo que advertir que no siguiera viviendo de la misma manera. Parece que realmente no quería cambiar. Y su actitud ante los judíos sólo sirvió para causar problemas a Jesús. Entonces ¿por qué el Señor lo sanó? ¿qué vio en él?
La respuesta es el amor y la misericordia de Jesús. Por él, por ti, por mí… El mismo amor que le llevará a morir en la Cruz. Por todos los que han sido y serán. Incluso por los que no lo conocen.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.