VI Domingo de Pascua

Evangelio según San Juan 14,15-21.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.

REFLEXIÓN 

“No os dejaré huérfanos” 

Este grito de Jesús en el día de hoy aunque parece algo trivial, no lo es.

El gran miedo de todo ser humano es la soledad. Los psicólogos dicen que el primer trauma al que se enfrenta todo ser humano, es un grito sin eco, un llanto sin respuesta, aunque nuestro grito fuese contestado y nuestro llanto atendido… a nosotros nos pareció demasiado tiempo y nos queda ese miedo gravado a fuego en nuestro ser.

Todos escuchaban a Felipe porque veían los signos que hacía. Cuando nosotros nos quejamos de que los nuestros no nos siguen o no nos acompañan a la Eucaristía, ¿Que signos hacemos para que crean? 

¿Que signos hacemos para que los demás descubran lo que nosotros ya descubrimos?. Es más fácil quejarse del estado de las parroquias o de la Iglesia, incluso es más fácil reparar y preocuparse por el estado físico, de apariencia, que nuestras iglesias estén bonitas… Pero nuestra Iglesia somos nosotros y somos el grito de Dios a esta sociedad, ese grito que le dice ¡No estás solo!. El está conmigo en mi corazón, y sólo será creíble si yo lo testimonio con mi manera de vivir.

La soledad y el miedo a la soledad del hombre moderno únicamente es sanada al descubrir que pase lo que pase no está solo y que a lo largo de su vida nunca lo estuvo, que cada día de nuestra vida está lleno de la presencia de Dios. 

Gracias Señor por tu sabiduría entrañable, por hacernos dependientes los unos de los otros y sobretodo por sanar cada una de las heridas de nuestro corazón.

Bendito y Santo Domingo para todos.