Miércoles 4 de septiembre

Miércoles, 4 de septiembre
XXII semana del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Lucas 4, 38-44
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella.
El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios. Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario.
La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado. Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Pistas: Nos narra el Evangelio de hoy lo que Jesús hace en su día a día: predicar, curar enfermos y expulsar demonios. Jesús anuncia así el Reino de Dios. Habla y actúa. Dedica sus fuerzas a luchar contra el mal y el sufrimiento; y a predicar anunciando el Reino.
Seguir a Jesús nos hará ser testigos de esto: primero en nuestra propia vida, como la suegra de Pedro. Pero también podremos verlo en la vida de los demás. Jesús nos ha regalado a nosotros poder continuar la tarea que Él empezó. Y, como leíamos ayer, tenemos el poder y autoridad para seguir su obra.
Quizás, como la suegra de Pedro, necesitemos que Jesús nos sane. Todos sabéis lo que es tener fiebre. Cómo le abandonan a uno las fuerzas. Lo mismo sucede cuando estamos lejos de Dios: el pecado o una fe acomodada o mortecina, nos debilitan. Pero cuando Jesús nos libera, cuando nos hace salir de esa situación y nos salva, entonces podemos levantarnos y ponernos a servirle. Y reconocemos su presencia salvadora que nos llena de la fuerza del Espíritu Santo y nos da sus dones. Jesús sana, libera y salva.
Proclama a Jesús como el Salvador de tu vida, y verás cómo se hace presente su Reino y cómo el mal, el sufrimiento, la mediocridad y el pecado son vencidos.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.