Martes 29 de diciembre

Martes, 29 de diciembre
Día V de la octava de Navidad

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 2, 22-40
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Pistas: Hace dos días que leíamos este pasaje. Contempla a Jesús niño, con sus padres. Llega al templo como tantos otros judíos piadosos que van a cumplir con la Ley. Ellos no son ricos, ofrecen un sacrificio humilde por su primogénito.
Entran en escena dos personajes, que Lucas describe como llenos del Espíritu Santo. Personas espirituales, que esperaban en las promesas de los profetas y que de modo sobrenatural reciben la inspiración de Dios para reconocer en Jesús y su familia el cumplimiento de las promesas.
Puedes ponerte en la piel de estos personajes. La alegría, la esperanza, la paz que experimentarían al ver cumplidos sus anhelos. También puedes mirar a José y María. ¿Quién será su hijo? ¿Quién será ese niño? ¿Cómo será el camino que tendrán que recorrer? Ayer leíamos cómo tienen que huir a Egipto. No va a ser fácil.
Si te fijas, ya desde el principio de la historia de Jesús miramos al final. Le dice Simeón a María: “una espada te traspasará el alma” y que Jesús será “bandera discutida”, dejará claras las intenciones de muchos… Qué claro se ve todo esto en la vida de Jesús. Sus constantes enfrentamientos con los fariseos que sólo cumplen externamente la Ley, su búsqueda de los pecadores, los pobres, los enfermos…
Navidad es Jesús. Te invito a que lo contemples, a que te sumerjas en su misterio: verdadero hombre, con su familia, que necesita crecer, una familia que le eduque, le ame, le defienda, le acompañe… que crece en la fe, y también -como cualquiera- aprende a conocerse, a saber quién es y para qué está aquí. Es verdadero hombre. Pero es verdadero Dios. Asómate al misterio.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.