Domingo 9 de febrero

Domingo, 9 de febrero
V Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según San Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
—Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Pistas: Hoy el Evangelio nos habla de identidad. ¿Qué somos los discípulos de Jesús? Sal y luz. No se trata de algo postizo sino del ser más profundo, de la esencia.
Un poco de sal lo cambia todo, se nota aunque no se vea. La luz brilla por sí misma, ésa es su identidad y su ser. No tiene más que “ser lo que es”. Por eso la identidad va unida a las obras. Si la sal no sala, si la luz no brilla ¿pueden merecer ese nombre? Y Jesús dice a sus discípulos que hay que dar fruto para gloria de Dios. No vale un cristianismo cobarde, escondido o de invernadero.
Los cristianos no estamos llamados a vivir nuestra fe de modo privado o mediocre. No somos un bote de sal que no se usa y por tanto queda encerrada en sí misma, ni una luz que se esconde. Jesús quiere que transformemos el mundo con nuestra presencia (como lo transformó Él).
Puede ser muy elocuente la imagen de la luz en el candelero, puesta para alumbrar toda la casa. ¿Quién es la luz del mundo? Es Jesús. Ponlo en el centro de tu corazón para que alumbre toda tu casa, en el centro de tu familia, de tu parroquia, de tu comunidad, de tu trabajo, de tus amistades. Y así, tú que lo llevas contigo podrás ser también luz por su Gracia, por su presencia en medio de ti. Tu parroquia, tu comunidad, tu familia… se convertirán en pequeñas luces que irán transformando este mundo.
Una última reflexión. Cuando alguien pretende vivir negando su identidad, negando lo que es, vivirá en un continuo sufrimiento, acabará triste, amargado, frustrado… Si un cristiano no vive como lo que es, su cristianismo se volverá algo triste, gris, sin atractivo, sin verdad, sin luz… Por eso, tantos cristianos acaban diciendo que son cristianos no practicantes o que creen a su manera.
Ser sal y ser luz ¿cómo es tu vida de discípulo? ¿qué frutos das? ¿qué estás dispuesto a cambiar para dar fruto?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.