Domingo 29 de septiembre

Domingo 29 de septiembre
XXVI domingo del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 16, 19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
—«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó:
«Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.» Pero Abrahán le contestó:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.» El rico insistió:
«Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.» Abrahán le dice:
«Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»
El rico contestó:
«No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.» Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

Pistas: Es muy elocuente esta parábola. Un rico que banquetea, un pobre que muere de hambre a su puerta. Y el desenlace de la vida de ambos.
Miremos nuestra “sociedad del bienestar”. Estamos enfrascados en alcanzarla. Pero ¿para quién? Para nuestro mundo occidental. Y no nos importa que los pobres se mueran en sus países o a la puerta de los nuestros. O, sin ir tan lejos, aquí a nuestro lado, que me vaya bien a mí y a los míos, el resto no me importa. Del mismo modo, en la lectura, el rico actuaba como si no estuviera Lázaro. Él iba a lo suyo.
¿No hacemos eso nosotros también? Sólo nos van a pedir cuentas de lo que estaba en nuestra mano, pero nos las van a pedir. Ésta es la otra idea de la parábola: las decisiones que tomamos, el uso que hacemos de nuestra libertad, tiene unas consecuencias. Y son para nuestro mundo, para nuestra sociedad y para nuestra vida. Si siempre vivo mirándome a mí mismo y cerrándome al prójimo, y Jesús ha enseñado que en el amor al prójimo me juego mi relación con Dios, le estoy diciendo que no a Dios y a su amor. Estoy cerrándome las puertas de la salvación, las puertas del cielo. Porque si yo descubro que hay más que lo que puedo ver y tocar, si descubro que hay un Dios que me ama, si entro en el estilo de vida de Jesús… mi vida tiene que cambiar.
Aquí estamos a tiempo de ver la realidad, de luchar por cambiar lo que está en nuestra mano, de transformar la sociedad a través del amor y la misericordia (sin ingenuidades), con el estilo de vida de Jesús. Después, nos enseña también esta parábola, no hay marcha atrás –“nos separa un abismo”-, porque ya habremos tomado decisiones.
Otra idea que puede hacernos pensar es: si uno no quiere ver, aunque resucite un muerto y venga a contarnos la verdad, no creerá. Jesús ha resucitado y la Iglesia da testimonio de Él y transmite su mensaje, pero si no quieres ver, si no quieres oír, tal vez vivas feliz como Epulón con sus banquetes, pensando que lo tienes todo y en realidad no tienes nada. ¿Quieres ver, quieres creer? Acércate a Jesús y vive como discípulo suyo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.