Domingo 2 de abril

Domingo 2 de abril
V de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según San Juan 11, 1-45.

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro). Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? Jesús contestó: ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará.
(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)
Entonces Jesús les replicó claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros, y muramos con él.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa.) Dijo Jesús: Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tu me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tu me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Pistas: Hoy se nos cuenta con mucho detalle la resurrección de Lázaro. El Evangelio de San Juan narra siete milagros a los que él llama signos. Éste es el último. Jesús y sus discípulos prevén el desenlace, saben que quieren matarle –Tomás dice: “Vamos también nosotros y muramos con él”-. Van a matar a Jesús porque muchos creen en Él. Se acerca el gran signo de Jesús, llega la hora: Su muerte y glorificación. Todo ello anticipado por la resurrección de Lázaro.
Lázaro ha muerto. La casa está llena de judíos que vienen a consolar, no pueden hacer más. Cuando llega Jesús la cosa cambia. ¡Él viene a traer vida! Jesús, incluso amenazado, llega para vencer a la muerte.
La salvación que Jesús trae no es sólo futura. Marta ya creía en la resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús quiere que comprendan que la vida que Él trae comienza ya. La fe en Jesús renueva la vida ahora, vence al mal ya, vence a la muerte ya. Aunque también tiene la perspectiva de la plenitud al final de la historia. Marta da el paso de la fe: “Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que debe venir al mundo”. Y para que crean los demás Jesús da gracias al Padre porque siempre le escucha.
Jesús hombre, humano, igual a nosotros en todo menos en el pecado: Jesús se conmueve, llora, al ver sufrir a sus amigos. Cuánto amor en este relato de hoy: Jesús ama a sus amigos, sus discípulos van con Él y están dispuestos a morir con Él.
Hay que quitar la piedra. Aunque huela mal. Dejar a Jesús que actúe. Y Jesús grita: “Lázaro, sal fuera”. Tienen que desatarlo, quitarle el sudario, para que pueda caminar y ver. Es el paso de la muerte a la vida. Y es Jesús quien trae esa vida.
Piensa en tu vida y en tu comunidad (como la de Marta, María y Lázaro, en la que Jesús gustaba hospedarse), y ver lo que sucede cuando dejas que Jesús se acerque y crees en Él. Dios hoy te dice que siempre te escucha. Háblale. Está ahí siempre esperando. Siempre escuchando.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.