Domingo 15 de septiembre

Domingo 15 de septiembre
XXIV domingo del tiempo ordinario

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.» Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.» Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.» El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»
Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»
El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

Pistas: En un solo Evangelio se dan cita tres parábolas de Jesús que hablan de la misericordia: La oveja perdida, la moneda perdida y el padre misericordioso.
Y en las tres queda claro que el estilo de hacer las cosas de Jesús no es algo accidental (“acoge a pecadores y come con ellos”), sino que nace del modo en el que Dios mismo obra: practica la justicia siendo misericordioso porque nos quiere en su casa.
Si te sientes lejos, pecador o indigno, o te has equivocado, no temas: Dios te busca, te acoge, tiene misericordia de ti. Y también nos enseña cómo ha de ser la Iglesia. La oveja recuperada, la moneda encontrada, traen gran alegría. Lo que se ha perdido, o el que se ha marchado, no es menos importante que el resto. Al contrario, se convierten en necesarios. Así la Iglesia, si quiere parecerse a Jesucristo, tiene que hacer de los alejados, de los pecadores, de los que están perdidos, su prioridad.
Seguramente has escuchado muchas veces la última parábola. El hijo menor coge su herencia y se marcha. Malgasta todo, toca fondo y finalmente decide volver porque está vacío, hambriento, perdido y sin hogar. Pensó que iba a encontrar la felicidad lejos del padre, pero no fue así. Ésta es la experiencia del pecado y de la lejanía de Dios. Buscamos ser felices, plenos, tener paz, sentirnos bien… Pero lejos de Dios no lo encontramos. Es la búsqueda de aquello que añora la que le pone en marcha. El hijo reúne entonces valor para volver y regresa con su discurso preparado.
El padre no le riñe, sino que le ama. Fíjate que en la parábola el que busca siempre tiene la iniciativa. Incluso aquí, antes de que el hijo llegue, sale a su encuentro. Le abraza, le besa, le da un traje nuevo (Dios hace nuevas las cosas cuando te dejas amar por Él), le pone el anillo (símbolo de pertenecer a la familia), le da sandalias nuevas (para que pueda caminar), prepara una fiesta. No hay reproches, sólo vida nueva, fiesta y alegría.
Si al pensar en tu propia vida descubres aspectos en los que te pareces al hijo menor, regresa a Dios confiado en que su amor y misericordia serán más grandes que tu pecado y te dará una vida nueva.
El hijo mayor se parece a los cristianos que permanecen fieles, yendo a misa los domingos, cumpliendo las normas. Pero en realidad no se ha enterado de la alegría, del gozo, del regalo que es estar en casa. Es como cuando te dicen: “siéntete en tu casa”, pero no es la tuya y no puedes sentirte así. Como el padre de la parábola, Dios puede decirnos: hijo, todo lo mío es tuyo. Descubre la plenitud de vivir como hijo de Dios porque ése es el regalo. Pero el hijo mayor no se alegra de que su hermano vuelva, sino que siente envidia de su felicidad.
Si descubres que te pareces algo al hermano mayor, acude a Dios. Igual que en la parábola, el Padre Dios intenta persuadirte de que entres en casa, de que celebres su alegría y disfrutes de ser hijo.
Ser hijo, vivir como hijo, estar en el hogar. Esto es lo que Dios nos ofrece y regala a todos. Éste es su amor y misericordia.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración y llévalo a tu vida