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Jueves 2 de abril

Jueves, 2 de abril
V Semana de Cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 8, 51-59
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.»
Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: «Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre»? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?»
Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: «Es nuestro Dios», aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: «No lo conozco» seria, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.»
Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?» Jesús les dijo: «Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo.»
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Pistas: Tras leer este Evangelio sólo hay tres opciones respecto a Jesús: O es el Hijo de Dios hecho hombre, o era un farsante, o un loco.
Jesús dice que creer y guardar su palabra da vida. Que Él no habla de oídas, sino que viene de Dios, que su gloria se la da su Padre. Que conoce a Dios, porque existe desde siempre como Dios mismo. Es decir, porque Él mismo es Dios. “Antes… existo yo”.
Acusarán a Jesús de hacerse igual a Dios y así es. Con estas palabras Jesús deja entrever su divinidad.
Cuando muera en la Cruz todo esto parecerán falsas promesas. Un endemoniado, un loco, un demente, un farsante, un revolucionario judío que se creía el Mesías, un fanático religioso… Pero cuando resucita, la pregunta es inevitable: ¿Quién es éste? Y el misterio es asombroso: verdadero Dios y verdadero hombre que revela al único Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Esto sólo se puede entender realmente desde la luz de la Pascua, es decir, desde la muerte y resurrección de Jesús. Eso lo cambia todo. Sus palabras y sus promesas son verdaderas. Más adelante sus discípulos recibirán el Espíritu Santo y no sólo podrán creer en Jesús sino vivir como Él enseñó, tener la presencia y el poder de Dios en su vida.
Un tiempo diferente y duro en el que nos está tocando recorrer el final de la cuaresma, tal vez todo lo que significa la cruz, la muerte y resurrección de Jesús nos haga salir de ésta con más fuerza, esperanza, con la luz de Jesús y su vida en nuestro corazón.
Un modo de rezar con esta lectura es asomarte al misterio de Jesús, y admirarle, darle gracias, adorarle, alabarle. Lo que los judíos no fueron capaces de descubrir tú puedes hacerlo con la luz de la Pascua y la presencia del Espíritu Santo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo de Ramos

Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'».
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?».
El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo».
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.
Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea».
Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás».
Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces».
Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?
Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo».
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó.
Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.
¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?».
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;
pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos
que declararon: «Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'».
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?».
Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.
¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte».
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,
diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo».
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir».
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno».
Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre».
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona».
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo,
y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos,
diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo».
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros.
Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre».
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas.
Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices».
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada.
Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?».
Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?».
El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás».
Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!».
El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!».
Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes».
Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».
Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos».
Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo»,
le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;
y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!».
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
«¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron
y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,
y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran.
Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia
y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.
María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato,
diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero».
Pilato les respondió: «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente».
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Miércoles 1 de abril

Miércoles, 1 de abril
V Semana de Cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 8, 31-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»
Le replicaron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: «Seréis libres»?»
Jesús les contestó: «Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque no dais cabida a mis palabras. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre.» Ellos replicaron: «Nuestro padre es Abrahán.»
Jesús les dijo: «Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios, y eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre.»
Le replicaron: «Nosotros no somos hijos de prostitutas; tenemos un solo padre: Dios.»
Jesús les contestó: «Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y aquí estoy. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió.»

Pistas: Jesús presenta hoy dos opciones. Por un lado: creer en su palabra, vivir en la verdad y ser libres. Por otro: no creer en Él, no conocer la verdad, ser esclavos.
Jesús da testimonio del Padre. Creer en Él es tener acceso a Dios, convertirse en hijos de Dios. No valen posiciones sociales, ni tradiciones. Los del Evangelio de hoy se sienten muy seguros: “Somos linaje de Abrahán”. Quizás nosotros podríamos decir: “Soy el cura”, “soy el catequista”, “soy de tal o cual grupo”, “soy el más religioso de mi casa, de mis amigos…”. Pero la clave es ¿creo en Jesús y me mantengo en su palabra? Porque todo lo demás son falsas promesas de verdad y libertad. Son falsas seguridades.
Jesús hace una afirmación muy dura: “Vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre”, que no es Abrahán sino el que les lleva a vivir en el pecado. Puedes pensar en tus seguridades, en tus orgullos y soberbias, que te hacen esclavo, y revisar si eres fiel a Jesús y su palabra, si crees en Él e intentas permanecer en Él. Porque éste es el camino de la vida, de la verdad y de la libertad.
También estos días los Evangelios nos acercan al misterio de la naturaleza de Jesús: ¿Quién es este hombre? Puedes aprovechar para adentrarte en oración en la figura de Jesús: ¿Quién es? ¿Qué encuentro en Él? ¿Puede dar un sentido a mi vida? ¿Qué tengo que hacer o cambiar para seguirle? Reza, busca y encontrarás.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Martes 31 de marzo

Martes, 31 de marzo
V Semana de Cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 8, 21-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
—«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.» Y los judíos comentaban:
—«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: «Donde yo voy no podéis venir vosotros»?» Y él continuaba:
—«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.» Ellos le decían:
—«¿Quién eres tú?»
Jesús les contestó:
—«Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.» Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús:
—«Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.» Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Pistas: Jesús anuncia su muerte en la Cruz. Juan la presenta más como un trono y una glorificación que como un terrible instrumento de tortura. Jesús es el Yo soy (en el Antiguo Testamento, uno de los nombres de Dios), el testigo de la verdad, el Hijo, el que hace siempre la voluntad del Padre. En la Cruz será levantado pero no podrán reconocerlo.
Es dramático lo que refleja el Evangelio de hoy: Jesús será acusado y traicionado, lo crucificarán. Ya en aquel momento podían sorprenderse de cómo afronta Jesús la Cruz, pero no quieren ver. Después podrán escuchar que resucita, que la tumba queda vacía, pero no serán capaces de creer en Él.
Jesús dice que esto es por los pecados de los hombres y porque son del mundo. Por eso la Iglesia te invita en esta cuaresma a que seas menos del mundo (que cuides tu espíritu, que luches contra la tentación, contra el egoísmo…) y a que te arrepientas y te conviertas de tus pecados. No sólo eso. Te ha invitado a rezar más, a dar limosna, a ayunar…a cuidar el bien y luchar contra el mal.
Y si crees en Jesús todo cambiará. Le buscarás y le encontrarás. Mirarás la cruz y descubrirás en ella el poder de Dios que hace las cosas nuevas, que acepta el sacrificio de amor y obediencia de Jesús. Ahí la muerte es vencida, el pecado derrotado. Encontrarás en Jesús el camino a Dios, podrás descubrir la verdad.
Deja que el Evangelio de hoy te interpele. Y si hay pecado en ti, si no eres capaz de reconocer a Jesús, si te da miedo la cruz, si juzgas y condenas a otros como hacen los judíos en el Evangelio de hoy con Jesús, arrepiéntete y acércate a Jesús con humildad, Él hará también todo nuevo en tu corazón.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida

Lunes 30 de marzo

Lunes, 30 de marzo
V Semana de Cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 8, 1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Pistas: Recuerda que un modo de orar con la Palabra de Dios es situarse en la escena e imaginarla, ponerse en el lugar de los personajes, descubrir qué nos puede enseñar para nuestra vida.
Hoy encontramos, por un lado, la ley sin misericordia que lleva al juicio, a la violencia, a la condena y a la muerte. Y, por otro, el amor misericordioso de Jesús que perdona, que salva y que invita a cambiar de vida.
El cambio de perspectiva es absoluto. Unos pecadores acusan a una mujer, pecadora como ellos (Jesús les dice: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra… se fueron escabullendo uno a uno”). No buscan cumplir la ley de Moisés sino encontrar argumentos contra Jesús. Pero Él no cambia su actitud ni a pesar del peligro inminente que corre su vida. Jesús viene a perdonar, a amar y a salvar: “¿Dónde están tus acusadores? ¿ninguno te ha condenado?… tampoco yo”. Le da nueva vida. Le ofrece otra oportunidad. El que no tiene pecado no juzga sino que muestra misericordia.
La misericordia no está reñida con la verdad ni con la exigencia, más bien al contrario. Jesús no la condena, pero le dice que tiene que cambiar de vida: “En adelante no peques más”.
Al releer el Evangelio piensa en qué te pareces a los que acusan a la mujer; en qué a la mujer que ha pecado y se ve desamparada, acusada, ridiculizada, humillada… En qué a Jesús que trae vida y salvación, en lugar de muerte y condena. Y pídele al Señor encontrar siempre su amor misericordioso y vivir en él.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Domingo 29 de marzo

Domingo, 29 de marzo
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

El Evangelio de este domingo es largo, pero lleno de detalles. No hay nada que se escribiese sin pensar, cada frase tiene un por qué. Por eso, te invito a que lo leas despacio. Fíjate en los personajes y sus sentimientos, pero también en las pequeñas cosas.

Evangelio según San Juan 11, 1-45.
En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro). Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?
Jesús contestó: ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará. (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)
Entonces Jesús les replicó claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros, y muramos con él.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa.) Dijo Jesús: Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Pistas: “Señor, tu amigo está enfermo”. “Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!”.
Jesús amigo. El que sabe lo que es amar, el que se conmueve. El que acabará entregando su vida por sus amigos. Jesús, el que llora con ellos y por ellos. El que tiene poder para cambiar las cosas. Lázaro, su amigo, resucitó para gloria de Dios, pero con el tiempo volvió a morir. No para siempre, porque Jesús venció en la cruz al enemigo que más miedo nos da: venció a la muerte. Y nos dio una vida plena que no terminará.
Lázaro, María, Marta, los discípulos, los amigos de Jesús. ¡Cuántas veces había ido con ellos a descansar a aquella casa! ¡Cuántas experiencias de amor mutuo! ¿No será esto ser cristiano? Jesús, tu amigo que viene a tu casa. ¿No será esto la Iglesia? Unos con otros, amigos de Jesús y de los otros, es una nueva familia.
Impresiona la frase de Tomás: “Vamos también nosotros, y muramos con él”. Porque este relato sucede poco antes de que maten a Jesús. Luego no fueron capaces de permanecer fieles. Pero su corazón estaba lleno de amor a Jesús, a los demás. Cuando se camina con Jesús el corazón se llena de amor. Pero les faltaba la fuerza del Espíritu Santo, después sí serán capaces de entregar su vida por Jesús.
“Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.” Jesús sabe lo que va a hacer, sabe lo que va a suceder ¿por qué llora? Los cristianos sabemos que la historia está en manos de Dios, que esto va a terminar bien. Pero ¿cómo no vamos a llorar ante el sufrimiento, ante la injusticia, ante el mal? ¿cómo no vamos a estremecernos ante el sufrimiento que vemos estos días? Y nosotros podemos dudar, podemos no entender… Pero sabemos que en Dios tenemos la respuesta y cuando le contemplemos cara a cara podremos comprender tantas cosas que se nos escapan en este mundo.
“Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Esta es la respuesta: la fe. “Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.” La fe en Jesús y su Palabra. La fe en Jesús y su poder. Ésa es la que cambia todo. Una fe firme, valiente, confiada, poderosa… ¿Y si nos flaquea? Jesús fue a su casa, con sus amigos, porque eran sus amigos, y Él mismo hizo todo nuevo.
Fíjate en los detalles: quitar la losa, quitar las vendas y el sudario… que pueda andar. Jesús trae nueva vida. El que estaba muerto y sepultado puede andar, puede lanzarse a caminar. ¿Cuál es la losa? El pecado, la falta de fe, las dudas, la pobreza… aquello que está entre Dios y tú y no te deja creer. Las vendas y el sudario son las cosas que te atan y no te dejan avanzar. A veces necesitarás la ayuda de los demás para poder quitarlas (esto es la Iglesia que te acompaña). Jesús regala nueva vida, abre nuevos caminos que recorrer de un modo completamente novedoso. Qué bien nos viene recordar todo esto en estos tiempos.
“Ya huele mal”. A Jesús no le importa el hedor de nuestro pecado, la podredumbre de nuestro mundo… no le importa porque Él tiene fuerza y poder para cambiarlo todo.
Por último, “Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. La vida eterna, vivir para siempre. Hay más que lo que ven nuestros ojos, hay más que lo que podemos tocar, medir, entender. El cielo no es una idea infantil… No lo podemos comprender ni imaginar con nuestra mente, Pero será vivir, vivir en plenitud, vivir con Dios. Todo lo pleno, bello, verdadero, bueno, feliz… de la vida nos habla de la eternidad. ¿Quién, a pesar de ser feliz, no quiere ser un poco más feliz cada día? ¿Quién aunque se sienta amado, no desea seguir experimentado eso cada día y si puede ser cada vez con mayor plenitud? Eso es el cielo, la respuesta a nuestros anhelos, la calma para nuestros miedos y dudas, la esperanza que nos tiene que lanzar a seguir luchando. El regalo que Dios nos hace. Vivir y hacerlo para siempre en su amor y su felicidad.
Podíamos seguir fijándonos en otros detalles del Evangelio y encontrar ideas para rezar. Te invito a que busques la tuya. ¿Qué es lo que Dios está diciéndote a ti hoy? ¿Qué es lo que toca tu corazón y te hace rezar?

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Sábado 28 de marzo

Sábado, 28 de marzo
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 7, 40-53
En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que hablan oído los discursos de Jesús, decían: «Éste es de verdad el profeta.» Otros decían: «Este es el Mesías.» Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?» Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?» Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre.» Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos.»
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?» Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.» Y se volvieron cada uno a su casa.

Pistas: Nicodemo pregunta a los fariseos y sumos sacerdotes: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Pero a ellos no les importa eso. Ya tienen claro lo que piensan de Jesús y buscan la manera de confirmar sus ideas, no de encontrar la verdad.
La gente al oír y ver a Jesús, por sus palabras y sus signos, y por su propio estilo de vida, creen en Él. Pero cuando los prejuicios religiosos y los intereses entran por medio, todo se oscurece. La Ley y los Profetas anuncian a Jesús, en Él se cumple de un modo absolutamente sorprendente y extraordinario las promesas y esperanzas del Antiguo Testamento, y alcanza su plenitud la revelación de Dios. Pero estos hombres expertos en la ley prefieren su religiosidad a entrar en lo profundo de la Palabra de Dios y descubrir en ella el camino hacia Jesús. Algunos si lo logran, y los Evangelios y el Nuevo Testamento está repleto de referencias al Antiguo Testamento que iluminan la figura de Jesús y muestran cómo en Él se cumplen y alcanzan plenitud.
Puedes llevar a tu propia vida lo que cuenta este Evangelio. “La gente que no entiende la Ley”, los que saben que necesitan más verdad, más luz en su vida, son capaces de reconocer a Jesús y entregar todo por Él. En cambio, los que se quedan encerrados en las tradiciones, los intereses o la religiosidad no. Tienen una manera de ser discípulos de Jesús triste, mediocre y en el fondo falsa. ¿Puede estar pasándote esto a ti? ¿o si tienes responsabilidad en la Iglesia, en tu ministerio? ¿o a tu comunidad? ¿puede que haya aspectos que te impiden descubrir a Jesús auténticamente y creer en Él?
A veces nos estancamos en nuestra vida de fe. Se enfría. Uno de los motivos puede ser una falsa, deformada o equivocada imagen de Dios. Y es necesaria la humildad de Nicodemo, que era un experto en la Ley, pero se acercó a Jesús a pesar de que hacía tambalear sus esquemas. Jesús hace las cosas nuevas, también en tu vida, pero tienes que querer acogerle y dejar a un lado tus ideas preconcebidas, dejarte sorprender, cambiar… Si quieres encontrarte con Dios, Él es el único camino.
En este tiempo tan extraño en que tantas cosas se tambalean, quizás sea un buen momento para acercarse a Jesús y (como le dirá a Nicodemo) nacer de nuevo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Viernes 27 de marzo

Viernes, 27 de marzo
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.
Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.»
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado.»
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Pistas: En los capítulos del 1 al 12 de San Juan hay dos hechos que van a la par: por un lado, Jesús va revelando quién es y llevando a cabo su misión. Por otro, los judíos van rechazándole hasta que es condenado a muerte.
El de Juan es el Evangelio escrito más tardíamente, cuando el cristianismo ya se había separado completamente del judaísmo. En los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) vemos que cada vez se va poniendo más tensa la relación de Jesús con las autoridades judías. En Juan la oposición judía contra Jesús es mucho más sistemática y abrumadora. Ya desde el principio hay una especie de control oficial sobre la actividad de Jesús. Hay una clara persecución contra Él: lo buscan para matarlo, intentan apedrearlo, tiene que huir, esconderse… Como en el de hoy, no puede deambular abiertamente.
Este Evangelio nos deja claro que la hora de Jesús se acerca. En Juan el tema de la “hora” es muy importante. Se puede incluso utilizar como criterio para estructurar el Evangelio y hablar de expectación de la hora (cc. 1-12) y llegada de la hora (cc. 13-20). La hora es el momento en que todo es consumado: la muerte y glorificación de Jesús. Jesús mismo entregará su vida. Por eso no pueden echarle mano. Porque “no había llegado su hora”.
Jesús afirma que procede del Padre y que no actúa por su cuenta sino enviado por «el que es veraz». Rompe esquemas. Y al intentar que puedan descubrir quién es se topa con la cerrazón en el corazón de las gentes. Ayer leíamos todo lo que daba testimonio de Él, pero no son capaces de superar sus ideas preconcebidas sobre cómo debe ser el Mesías. No lo ven aunque lo tienen delante.
Jesús les grita, intenta que reflexionen: “A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado”. En esta frase está apuntado gran parte del misterio de quién es Jesús. Es el que sólo se conoce de verdad a través de la fe. Jesús se hace igual a Dios, viene de Él, da testimonio de Él. Por eso, si te acercas a Él encontrarás el camino hacia Dios.
También a ti quiere revelarse y mostrarte quién es cada día de un modo más pleno. ¿Qué actitud tienes con Él? ¿Qué significa en tu vida? ¿Te cuesta verlo aunque lo tengas delante? No te desanimes y sigue caminando con Él para descubrirle como el Mesías. No te desanimes porque es el camino hacia Dios y hacia tu salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Jueves 26 de marzo

Jueves, 26 de marzo
IV semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 5, 31-47
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es válido el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ése si lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?»

Pistas: ¿Quién es Jesús? Las obras que hace dan testimonio de Él. Juan el Bautista dio testimonio de Él. Las Escrituras dan testimonio de Él, “hay otro” (el Padre) y el Espíritu Santo que actúa en Jesús y da testimonio de Él. Pero Jesús dice que todo esto da igual si “no queréis venir a mí para tener vida”. No será posible si en tu libertad le dices que no a Jesús y prefieres quedarte con otras cosas.
Si prefieres tu propia gloria, o dar gloria a otros según tus intereses y egoísmos. Si prefieres tu luz y tu verdad, a la luz y verdad de Jesús. Si te apartas del amor para vivir en la búsqueda de placeres o en una religiosidad como la de los judíos a los que Jesús habla hoy. Si alguna de estas cosas sucede en tu vida, puede que tengas a Jesús, la luz, la vida, la salvación, la verdad, el camino hacia Dios, a tu lado y no te des cuenta. Puede que tengas delante la respuesta a lo que necesitas y buscas, y no la encuentres.
El Evangelio de hoy es una invitación al encuentro con Jesús. En estos días tan raros y difíciles, tan llenos de incertidumbres, tiene más sentido que nunca. En estos días en los que nos bombardean con tantísima información, tantas iniciativas para estar entretenidos, ocupados y a veces hasta agobiados… el Evangelio de hoy te dice que si te encuentras con Jesús todo cambiará y para ello tienes que mirarle superando los obstáculos que cada uno de nosotros pueda tener.
Pregúntate ¿Cuántas cosas en tu vida te hablan de Jesús y dan testimonio de Él? ¿cuántas veces buscas en otros sitios lo que sólo Jesús puede darte? Y, si quieres, abre el corazón, pide fe y le encontrarás.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

Miércoles 25 de marzo

Miércoles, 25 de marzo
La anunciación del Señor, solemnidad

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor
5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Lucas 1, 26-38
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó:
«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Pistas: Nueve meses antes de la Navidad la Iglesia celebra la fiesta de la Anunciación como un pequeño paréntesis en medio de la cuaresma.
Este relato de Lucas nos presenta un momento impactante de la historia de la humanidad en el que una mujer con su “sí” lo cambia todo. De ella nacerá el Hijo de Dios. La Virgen dará a luz un hijo por obra del Espíritu Santo. María es la elegida, la llena de Gracia, la Toda Santa, la Inmaculada. Y, sin embargo, aunque Dios tiene un plan para ella, aunque ha sido elegida, tiene que decir que sí y aceptarlo.
Aquí se nos presentan la gracia de Dios y la libertad del hombre para responder. La llamada y la respuesta. Y las consecuencias que esa respuesta tiene para la propia vida y para la de los demás. Tu sí a Dios también puede cambiar muchas cosas en la historia.
El Hijo de Dios se hará hombre. Nacerá de una mujer, de María, desposada con José (descendiente de David para que se cumplan las promesas del Antiguo Testamento). Se hace hombre en una familia humilde, en una situación histórica concreta. Si recuerdas la vida de José, María y Jesús, la encontrarás llena de dificultades, como la nuestra. Pero llena de la presencia del Espíritu Santo y del amor del Padre.
“Para Dios nada hay imposible”. Una virgen madre, una anciana estéril madre. Para Dios nada hay imposible, todo lo hace nuevo… y allí donde parece que no será posible la vida, la alegría, la salvación o la esperanza, el Dios de lo imposible trae su salvación del modo más sorprendente.
Y todo ello es posible por el «hágase» de la Virgen María, que no dudó: «Aquí está la esclava del Señor».

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.