Viernes 31 de marzo

Viernes 31 de marzo
IV de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.
Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.»
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado.»
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Pistas: En los capítulos del 1 al 12 de San Juan hay dos hechos que van a la par: por un lado, Jesús va revelando quién es y llevando a cabo su misión. Por otro, los judíos van rechazándole hasta que es condenado a muerte. El de Juan es el Evangelio escrito más tardíamente, cuando el cristianismo ya se había separado completamente del judaísmo. En los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) vemos que cada vez se va poniendo más tensa la relación de Jesús con las autoridades judías. En Juan la oposición judía contra Jesús es mucho más sistemática y abrumadora. Ya desde el principio hay una especie de control oficial sobre la actividad de Jesús. Hay una clara persecución contra Él: lo buscan para matarlo, intentan apedrearlo, Jesús tiene que huir, esconderse… Como en el de hoy, no puede andar abiertamente.
Este Evangelio nos deja claro que la hora de Jesús se acerca. En Juan el tema de la “hora” es muy importante. Se puede incluso utilizar como criterio para estructurar el Evangelio y hablar de expectación de la hora (cc. 1-12) y llegada de la hora (cc. 13-20). La hora es el momento en que todo es consumado: la muerte y glorificación de Jesús. Jesús mismo entregará su vida. Por eso no pueden echarle mano. Porque “no había llegado su hora”.
Jesús afirma que procede del Padre y que no actúa por su cuenta, sino enviado por “el que es veraz”. Rompe esquemas. Y al intentar que puedan descubrir quién es se topa con la cerrazón en el corazón de las gentes. Ayer leíamos todo lo que daba testimonio de Él, pero no son capaces de superar sus ideas preconcebidas sobre cómo debe ser el Mesías. No lo ven y lo tienen delante.
También a ti quiere revelarse Jesús y mostrarte quién es cada día de un modo más pleno. ¿Qué actitud tienes con Él? ¿Qué significa en tu vida? No te desanimes y sigue caminando con Él para descubrirle.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Jueves 30 de marzo

Jueves 30 de marzo
IV de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 5, 31-47
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es válido el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ése si lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?»

Pistas: ¿Quién da testimonio de Jesús? Sus obras que son las del Padre que le ha enviado, el mismo Padre da testimonio de Él, las Escrituras, Moisés que lo anunció y Juan el Bautista que dio testimonio de la luz que no se apaga. Pero los judíos tienen el corazón cerrado y aún con Jesús presente prefieren teorizar antes que reconocerle. El cambio de mentalidad que les propone no entra en sus esquemas. Y les dirige palabras muy duras: “Os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros”, “su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”, “aceptáis la gloria unos de otros”… Todas estas acusaciones pueden servirnos para hacer examen de conciencia: ¿Qué hay de fariseo en mi vida? ¿me engaño a mí mismo, me justifico para no tener que cambiar? ¿vivo en la mentira? ¿busco glorias humanas? ¿el amor de Dios habita en mí? ¿se manifiesta ese amor en mi relación con Dios y con los demás? ¿busco a Jesús o unas ideas y teorías?
Sólo en Jesús hay vida y salvación. Sólo a través de Él se puede encontrar la verdad y llegar a Dios. ¿Quieres tener vida? Acude a Jesús. Él es la luz que no se apaga. Al acercarte es posible que veas tu pecado, tu pobreza y debilidad, y tengas que enfrentarte a ellos. No te asustes, no temas, porque Jesús vino a salvar y perdonar, a dar vida nueva al que está perdido.
La cuaresma es dejarse amar, dejar que el amor de Dios esté en ti y te transforme. Que el Espíritu Santo habite en ti. Como siempre, esto es gratis, es regalo, no se compra ni se pueden hacer méritos para obligar a Dios a dártelo; pero requiere tu esfuerzo, tu acogida, todo tu ser y todo lo que haces. Si te encuentras con Jesús, si te acercas a Él, tu fe dejará de ser una tradición o una filosofía y pasará a ser un modo de vivir. No será algo externo sino profundo. No será una obligación sino algo tan necesario como respirar. Será Vida.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Miércoles 29 de marzo

Miércoles 29 de marzo
IV de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 5, 17-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.»
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo: «Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le envió.
Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.
Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Pistas: El enfrentamiento entre Jesús y los judíos va creciendo. Hemos ido leyendo los primeros conflictos con el sábado y la ley. Hoy el Evangelio hace referencia a la relación entre Jesús y el Padre. Comienza respondiendo a la acusación de curar en sábado: “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo”. No ha cesado de amar al hombre desde que lo creó. Y continúa mostrando de dónde le viene su autoridad. Al decir: “Mi Padre” se hace igual a Dios y por eso los judíos “tienen más ganas de matarlo”.
San Juan nos ayuda a entender esta relación entre Jesús y el Padre. Jesús hace lo que el Padre manda, cumple su voluntad, porque le envió. A Jesús le ha confiado el juicio que será de vida eterna si se escucha su palabra y se le honra como al Padre. Porque creer en Jesús otorga vida eterna. Jesús mismo es el camino, sin Él no hay salvación ni se puede acceder al Padre. Toda la predicación y acción de Jesús tiene como finalidad comunicar vida, la vida de Dios, la vida eterna, la salvación. La misma que el Padre comunica. Y esto se verá en su resurrección.
“Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio”. Jesús nos recuerda hoy que somos libres, que nuestros actos y decisiones cuentan, y que depende de ti aceptarlo en tu vida o no. Hacer el bien es estar con Jesús y obrar como Él enseña. Dicho de otro modo, vivir como discípulos suyos. Hacer el mal es rechazar a Jesús (o quedarte en las apariencias pero no en el corazón y las obras), elegir el pecado y decir no a la vida eterna. Sólo en Jesús hay vida y verdad. Sólo Él es el camino hacia el Padre.
De tu relación con Jesús depende que tengas vida, que puedas tener vida eterna, que puedas “ver”, conocer al Padre. Por eso hoy te invito a que al releer el Evangelio reces a Jesús para que te indique el camino al Padre, el que te puede llenar de vida.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Martes 28 de marzo

Martes 28 de marzo
IV de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)
Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?»
El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.» Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»
Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.»
Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»
Pero el que habla quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacia tales cosas en sábado.

Pistas: Un hombre lleva 38 años esperando un milagro en una piscina cercana al Templo. Según la creencia popular, cuando se movía el agua el primero que descendía a la piscina quedaba sanado de cualquier enfermedad. No debemos pensar que esta creencia fuera cierta, pero el paralítico al que sanó Jesús lo creía. Y todos los que estaban allí en una situación parecida.
Jesús, que quiere que la religión y la fe sean auténticas, ve a este hombre que sufre y le ofrece salvación: “¿Quieres quedar sano?”. Y el encuentro con Jesús basta. Le manda coger su camilla y echar a andar. Ya no es una lotería o una lucha por los favores de Dios. Es Jesús, el único en quien hay salvación, y su autoridad es tal que este hombre no duda y es sanado.
Los judíos lo encuentran llevando la camilla en sábado, el día del descanso, y se lo recriminan. Él ni siquiera sabe el nombre de quien lo sanó. Es curioso que aquellos que no se preocuparon por él cuando estaba enfermo y postrado, sí lo hagan ahora para atacar a Jesús. No les importa la persona, sólo la ley, la tradición y la religiosidad llevada a un extremo totalmente artificial.
El hombre curado vuelve a encontrarse con Jesús, que le advierte que necesita cambiar de vida. Que no vale con la sanación física. ¿Y nosotros? Cuando rezamos y nos sentimos bien parece que Dios está cerca. Pero ¿y si cambia la situación?
Al leer este Evangelio nos puede quedar una sensación extraña: ¿Por qué decidió Jesús sanar a aquel paralítico? El enfermo ni sabía quién era Jesús, ni tampoco esperaba nada de Él. Además, una vez sanado, le tuvo que advertir que no siguiera viviendo de la misma manera. Parece que realmente no quería cambiar. Y su actitud ante los judíos sólo sirvió para causar problemas a Jesús. Entonces ¿por qué el Señor lo sanó? ¿qué vio en él? La respuesta sirve para todos los casos y todos los tiempos: el Señor es misericordioso y compasivo. La misma razón por la que fue a la cruz para morir por todos y cada uno de nosotros.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Lunes 27 de marzo

Lunes 27 de marzo
IV de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Juan 4, 43-54
En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo habla hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria.»
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque hablan visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos hablan ido a la fiesta. Fue Jesús otra vez a Cana de Galilea, donde habla convertido el agua en vino.
Habla un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose. Jesús le dijo: «Como no veáis signos y prodigios, no creéis.» El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño.» Jesús le contesta: «Anda, tu hijo está curado.»
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Hoy a la una lo dejó la fiebre.»
El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Pistas: Jesús viene de Samaría (tierra de herejes para los judíos). En el capítulo 3 nos cuenta Juan la conversación de Jesús con una mujer samaritana a la que le revela que Él es el Mesías y gracias a ella muchos creen en Jesús. Ahora entra en Galilea, donde un pagano, un funcionario real que había oído hablar de Él, se le acerca para pedirle un milagro. Jesús no lo rechaza porque ve su fe, a pesar de darle una contestación dura al principio. El signo que realiza aumenta la fe de este hombre. Y así creen él y toda su familia.
El mundo de hoy necesita que los que creemos tengamos una fe ardiente, una fe que haga que se produzcan signos. Que donde hay enfermedad y sufrimiento aparezca la luz de Jesús y Él pueda regalar su salvación. Donde hay indiferencia y mediocridad los cristianos pongamos pasión y ganas de luchar por un mundo mejor. La fe es don, es regalo y es tarea, es libre, es un acto humano, necesita tu entendimiento, tu libertad, tu emoción, tu intención de acogerla. Por eso hay que pedirla a Dios y hay que trabajarla. Es don y tarea.
¿Cómo está tu vida de fe? Ora pidiendo una fe ardiente que abra la puerta a la acción de Dios en tu vida, en los tuyos y en el mundo.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

IV Domingo de Cuaresma

Evangelio según San Juan 9,1-41.
Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”.
“Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,
diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”.
Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. El decía: “Soy realmente yo”.
Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”.
El respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: ‘Ve a lavarte a Siloé’. Yo fui, me lavé y vi”.
Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”. El respondió: “No lo sé”.
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.
Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.
Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”. Y se produjo una división entre ellos.
Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?”. El hombre respondió: “Es un profeta”.
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres
y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”.
Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,
pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.
Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.
“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.
Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”.
El les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”.
Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!
Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este”.
El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.
Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.
Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.
Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?”. Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”.
El respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”.
Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.
Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante él.
Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”.
Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: ‘Vemos’, su pecado permanece”.

Reflexión 

“He venido para que los que no ven vean y los que ven no vean”.

Jesús nuevamente nos sorprende…

¿Qué querrá decir? ¿Qué me estará diciendo? Un pobre ciego al que le complica la vida el ver. ¿Cómo puede ser eso?

Él vivía sin grandes problemas pidiendo porque era ciego, pero ahora que ve, le expulsan de la sinagoga, tiene problemas con sus padres y en el colmo no sabe que fue Jesús el que lo sanó, porque le untó barro en los ojos, fue a lavarse  y recuperó la vista. Intuye que fue un profeta, pero hasta el final del relato cuando se encuentra con Jesús no sabe quién es el que le devolvió la vista.

El escondernos en las normas nos hace ciegos, es mucho más cómodo sin ninguna duda, pero el encuentro se da más allá. Jesús vuelve a curar en sábado, ese hombre que era ciego ve en profundidad y los que a su alrededor ven, no descubren al que hay que ver. Es mucho más fácil quejarse de la oscuridad, de lo mal que están las cosas que encender una luz, entre otras cosas porque si enciendo una luz quedo al descubierto.

“Mientras estoy en el mundo yo soy la luz del mundo”.

Pero ahora Jesús vive en tu vida y eres tú el que tiene que iluminar. Somos luz cuando estamos cerca del que nos necesita, cuando perdonamos, cuando perdemos nuestro tiempo con los demás, cuando vamos a visitar a un enfermo… cuando actuamos como lo haría Jesús.

¡Si el mundo está a oscuras, es porque yo no ilumino lo suficiente!

¿Cuánto hay que amar? Le preguntaban a santa Madre Teresa, ¡hasta que duela!!

Feliz y Santo Domingo

Domingo 26 de marzo

Domingo 26 de marzo
IV domingo de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Respóndele con tu oración)

Evangelio según San Juan 9, 1-41.
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego? Jesús contestó: Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista.
Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: El mismo. Otros decían: No es él, pero se le parece. El respondía: Soy yo.
Y le preguntaban: ¿Y cómo se te han abierto los ojos? Él contestó: Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. Le preguntaron: ¿Dónde está él? Contestó: No sé.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos? Y estaban divididos.
Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta. Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: ¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? Sus padres contestaron: Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: Confíésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Contestó él: Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo. Le preguntan de nuevo: ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos? Les contestó: Os le he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.
Replicó él: Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento, si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder. Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ese es. El dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él.
Dijo Jesús: Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos. Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: ¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

Pistas: Jesús es luz y verdad. En Jesús hay luz y salvación. Por eso el que se acerca a Él deja de estar ciego.
En este pasaje del Evangelio de San Juan un ciego es curado por Jesús. Lo primero en que podemos fijarnos es precisamente esto: El que no veía, ve. El que desde su nacimiento estaba marcado, se encuentra con Jesús y su vida cambia completamente. Necesita ser tocado por Jesús y lavarse para comenzar a ver. Y recorre un largo camino hasta que finalmente puede comprender.
“¿Quién pecó?”. Los judíos pensaban que la enfermedad física era consecuencia del pecado propio o de los antepasados, Jesús explica que no es así. Las contrariedades, las enfermedades, la cruz, son para que “se manifieste la gloria de Dios”. Que de la cruz saca vida, de la muerte de Jesús resurrección y salvación. Hoy Jesús te invita a dejar que toque tus ojos, que sane tu ceguera, la ceguera del pecado o del sufrimiento sin sentido. Porque Jesús es la luz, si dejas que te toque quedarás sanado.
El ciego empieza a ver. Testimonia lo que le ha sucedido. Pero no es hasta el final del relato cuando comprende el alcance de lo que le ha sucedido. Comienza a ver y, finalmente, cuando se encuentra con Jesús y reconoce quién es, se postra y adora. Primero es capaz de comprender lo humano: me curó y veo. Pero después ve que Jesús es más: sólo a Dios se puede adorar. Hay verdad en el Evangelio, en el mensaje de Jesús, pero sólo se puede acceder plenamente a él cuando se descubre que es algo más que meramente humano, es Dios mismo que se revela. No sólo es que veas, es que Jesús es la luz que te permite ver.
Este relato nos habla de luz y verdad frente a ceguera, prejuicio, orgullo y soberbia. La luz de Jesús, su sabiduría, frente a una religiosidad que nace de normas externas, que justifica un estilo de vida pero no busca la verdad. Por eso uno que no ve, termina viendo; y los que no ven y creen ver, quedan ciegos. Nuevamente, el problema no está en el testimonio de Jesús o del ciego. Ellos no quieren ver, no quieren creer ni descubrir la verdad. Le dicen al ciego: “¿Nos vas a dar tú lecciones?”.
Hoy el Evangelio nos deja dos mensajes importantes: nadie puede argumentar en contra de un hecho evidente: el que no veía antes, después sí. Y, por otra parte, el mensaje de Jesús, de la salvación, debes contarlo, hacerlo llegar a otros, anunciarlo como discípulo que eres. Al releer el Evangelio pregúntate: ¿es Jesús mi luz? ¿puedo ver? ¿me postro y le adoro? ¿cómo es mi religiosidad? ¿se lo transmito a otros? Jesús es luz y salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Sábado 25 de marzo

Sábado 25 de marzo
La Anunciación del Señor, solemnidad

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó:
«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Pistas: Nueve meses antes de la Navidad la Iglesia nos presenta la fiesta de la Anunciación como un pequeño paréntesis en medio de la cuaresma.
María es elegida, es la llena de Gracia, la Toda Santa, la Inmaculada. Y, sin embargo, aunque Dios tiene un plan para ella, la Virgen María tiene que decir que sí, aceptarlo. Aquí se nos presentan la gracia de Dios y la libertad del hombre para responder. Vocación y respuesta. Puedes aprovechar para pensar en tu propia vocación.
El Hijo de Dios se hará hombre. Nacerá de una mujer, de María, desposada con José. Se hace hombre en una familia humilde. Puedes también reflexionar sobre el misterio de la Encarnación. Las promesas de Dios por los profetas se cumplirán en Jesús, descendiente de David. Será el Mesías. Porque “para Dios nada hay imposible”
Y todo ello es posible por el “hágase” de la Virgen María, que no dudó: “Aquí está la esclava del Señor”.
Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Viernes 24 de marzo

Viernes 24 de marzo
III semana de cuaresma

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor

Evangelio según san Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que habla respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Pistas: Un escriba, un experto en la Ley, se acerca a Jesús para preguntarle por el mandamiento más importante. Para entender bien esta pregunta debemos situarnos en el contexto de la religión judía en tiempos de Jesús, con sus mandamientos e innumerables preceptos y normas. Jesús responde que el resumen de todo es el mandamiento del amor: a Dios y al prójimo como a uno mismo.
En el día a día, con tantas preocupaciones y ocupaciones en la familia, en el trabajo, tantas responsabilidades… quizás nos sintamos un poco perdidos, desanimados, hartos. Pero si pones en el centro de todo lo que haces lo que dice Jesús en el Evangelio de hoy, sabrás que no te equivocas. No hay mandamiento, no hay cosa que puedas hacer mayor que ésa. Y si el amor atraviesa tus quehaceres, tu familia, tu trabajo… estarás eligiendo el camino que te acerca al Reino.
Párate cuando tengas un rato para pedirle a Dios que te muestre su amor y te ayude a corresponder. Nuestro trabajo consiste en amar a Dios y dejarnos amar por Él. Y son necesarias las dos partes para poder también amar al prójimo.
Porque ¡Escucha! Sólo el Señor tu Dios es Dios, sólo a Él tienes que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente y con todo tu ser. ¡Escucha! Sólo el amor te llevará a estar cerca del Reino de Dios.
Por eso, busca momentos en esta cuaresma para dejarte amar por Dios y amarle, para amar a los demás, para arrancar el pecado de tu vida. Convertirse es salir de la oscuridad del pecado y del egoísmo para dejarse amar por Dios y que esto transforme tu vida llevándote a vivir en el amor.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.

Jueves 23 de marzo

Jueves 23 de marzo
Santo Toribio de Mogrovejo, obispo

(Recuerda:
1. Pide el Espíritu Santo
2. Lee despacio y entiende
3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
4. Ora, respóndele al Señor)

Evangelio según san Lucas 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba echando un demonio que era mudo y, apenas salió el demonio, habló el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.»
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.»

Pistas: Jesús habla en muchas ocasiones del demonio, lo expulsa, lucha contra él. Quizás nos parezca que el demonio es una cosa del pasado. Pero el Evangelio enseña que hay que tener en cuenta su existencia. No para tener miedo o para obsesionarse, sino para saber que no podemos relajarnos en nuestra lucha contra el mal y el pecado. Y que donde está Jesús, el demonio, el mal y el pecado huyen.
Jesús es el fuerte que guarda la casa de tu vida y si Él está nada ni nadie podrá asaltarte ni vencerte. Pero las medias tintas no sirven con Él, sólo son un engaño a uno mismo y a Jesús. Termina diciendo “el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”. Un poco del mundo, un poco de Jesús… ¿Para unas cosas que mande Jesús, pero para otras dejo la puerta abierta a la tentación y al mal?… Cuidado, porque la tibieza te debilita.
Jesús expulsa a los demonios con el dedo de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo, y eso significa que el Reino de Dios ha llegado a tu vida. Que te ha salvado y que tu vida ha cambiado y tus obras son las del Espíritu. Así que, ármate del poder del Espíritu Santo, vive como discípulo de Jesús, y el diablo no tendrá poder en tu vida.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice y respóndele con tu oración.